Del sitio Gaudium Press:
Reina. Esa augusta prerrogativa de
Nuestra Señora nos es presentada con mayor profundidad por el santo Fundador de los Redentoristas, al iniciar él sus bellos y piadosos
comentarios sobre la oración de la ‘Salve Reina’: “Habiendo sido la Santísima Virgen
elevada a la dignidad de Madre de Dios, con justa razón la Santa
Iglesia la honra, y quiere de todos que la honren con el título glorioso
de Reina. Si el Hijo es Rey, dice el Pseudo-Atanasio, justamente la
Madre debe considerarse y llamarse Reina. Desde el momento en que María
aceptó ser Madre del Verbo Eterno, dice San Bernardino de Siena, mereció
tornarse Reina del mundo y de todas las criaturas. Si la carne de
María, concluye Arnoldo Abad, no fue diversa de la de Jesús, ¿cómo,
pues, de la monarquía del Hijo puede ser separada la Madre?”
Por eso debe juzgarse que la
gloria del reino no solo es común entre la Madre y el Hijo, sino también
que es la misma para ambos.
“Si Jesús es Rey del universo, del
universo también es María Reina, escribe Roberto Abad. De modo que, en
la frase de San Bernardino de Siena, cuantas son las criaturas que
sirven a Dios tantas también deben servir a María. Por consiguiente,
están sujetos a los dominios de María los Ángeles, los hombres y todas
las cosas del Cielo y de la Tierra, porque todo está también sujeto al
imperio de Dios. Por eso Guerrico Abad le dirige estas palabras:
‘Continuad, pues, dominando con toda la confianza; disponed vuestro
arbitrio de los bienes de vuestro Hijo; pues, siendo Madre, y Esposa del
Rey de los reyes, os pertenece como Reina el reino y el dominio sobre
todas las criaturas’ ”.
A la luz de las precedentes
enseñanzas, oigamos al Prof. Plinio Corrêa de Oliveira tejiendo algunos
comentarios sobre la realeza de la Santísima Virgen: "Nuestra Señora Reina es un
título que expresa el siguiente hecho. Siendo Ella Madre de la segunda
Persona de la Santísima Trinidad y Esposa de la Tercera Persona, Dios,
para honrarla, le dio el imperio sobre el universo: todos los Ángeles,
todos los Santos, todos los hombres vivos, todas las almas del
Purgatorio, todos los réprobos del Infierno y todos los demonios
obedecen a la Santísima Virgen. De suerte que hay una mediación de
poder, y no apenas de gracia, por la cual Dios ejecuta todas sus obras y
realiza todas sus voluntades por intermedio de su Madre."
María no es apenas el canal por
donde el imperio de Dios pasa, sino es también la Reina que decide por
una voluntad propia, consonante a los designios del Rey. Nuestra Señora
es una obra-prima de lo que podríamos llamar la habilidad de Dios para
tener misericordia en relación a los hombres…
Continua el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: "San
Luis Grignion de Montfort hace referencia a esa linda invocación que es
Nuestra Señora Reina de los Corazones. Como corazón se entiende, en el
lenguaje de las Sagradas Escrituras, la mentalidad del hombre, sobre
todo su voluntad y sus designios.
Nuestra Señora es Reina de los
corazones como teniendo un poder sobre la mente y la voluntad de los
hombres. Este imperio, María lo ejerce, no por una imposición tiránica,
sino por la acción de la gracia, en virtud de la cual Ella puede liberar
a los hombres de sus defectos y atraerlos, con soberano agrado y
particular dulzura, para el bien que Ella les desea.
Ese poder de Nuestra Señora
sobre las almas nos revela cuán admirable es su omnipotencia suplicante,
que todo obtiene de la misericordia divina. ¡Tan augusto es este
dominio sobre todos los corazones, que él representa incomparablemente
más que ser Soberana de todos los mares, de todas las vías terrestres,
de todos los astros del cielo, tal es el valor de un alma, aunque sea la
del último de los hombres!"
Vale notar, sin embargo, que la
voluntad (esto es, el corazón) del hombre moderno, con alabables
excepciones, es dominada por la revolución. Aquellos, por tanto, que
quieren escapar de ese yugo, deben unirse al Corazón por excelencia
contra-revolucionario, al Corazón de mera criatura en el cual, abajo del
Sagrado Corazón de Jesús, reside la Contra-Revolución; al Sapiencial e Inmaculado Corazón de María.
Hagamos, entonces, a Nuestra
Señora este pedido: “Mi Madre, sois Reina de todas las almas, incluso de
las más duras y empedernidas que quieran abrirse a Vos. Os suplico,
pues: sed Soberana de mi alma; quebrad las rocas interiores de mi
espíritu y las resistencias abyectas del fondo de mi corazón. Disolved,
por un acto de vuestro imperio, mis pasiones desordenadas, mis
voliciones pésimas, y el residuo de mis pecados pasados que en mí puedan
haber quedado. Limpiadme, oh mi Madre, a fin de que yo sea enteramente
vuestro”.
Todavía sobre el título de Nuestra
Señora Reina, no menos elocuentes son estas palabras del Papa Pío XII:
La realeza de María es una realidad ultraterrena (de otro mundo), que al
mismo tiempo, entretanto, penetra hasta lo más íntimo de los corazones y
los toca en su esencia profunda, en lo que ellos tienen de espiritual e
inmortal.
El origen de las glorias de María,
el momento solemne que ilumina toda su persona y misión, es aquel en
que, llena de gracia, dirigió al Arcángel Gabriel el Fiat, que expresaba
su asentimiento a la disposición divina. Ella se tornaba así, Madre de
Dios y Reina, y recibía el oficio real de velar sobre la unidad y paz
del género humano. Por medio de Ella tenemos la firme esperanza de que
la humanidad se ha de encaminar poco a poco en esta senda de la
salvación.
¿Qué podrían, por tanto, hacer los
cristianos en la hora actual, en que la unidad y la paz del mundo, y
hasta las propias fuentes de la vida, están en peligro, si no volver la
mirada para Aquella que se les presenta revestida del poder real? Así
como Ella envolvió ya en su manto al Divino Niño, primogénito de todas
las criaturas y de toda la creación (Colosenses I, 15), así también se digne
ahora envolver a todos los hombres y todos los pueblos con su vigilante
ternura; se digne, como Sede de la Sabiduría, hacer brillar la verdad de
las palabras inspiradas, que la Iglesia le aplica: “Por mi intermedio
reinan los reyes, y los magistrados administran la justicia; por medio
de Mí mandan los príncipes y los soberanos gobiernan con rectitud”.
(Proverbios VIII, 15-16)
Si el mundo hoy combate sin
treguas para conquistar su unidad y para asegurar la paz, la invocación
del reino de María es, para más allá de todos los medios terrenos y de
todos los designios humanos de cualquier manera siempre defectuosos, el
clamor de la fe y de la esperanza cristiana, firmes y fuertes en las
promesas divinas y en los auxilios inagotables, que este imperio de
María difundió para la salvación de la humanidad.
Viene a propósito otro pensamiento
del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, particularmente oportuno en esta
actual fase histórica, convulsionada por el caos en casi todas las
actividades humanas: La realeza de Nuestra Señora,
hecho incontestable en todas las épocas de la Iglesia, vino siendo
explicitada cada vez más a partir de San Luis Grignion de Montfort,
hasta aquel 13 de julio de 1917, cuando María anunció en Fátima: “¡Por
fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!” Es una victoria conquistada por
la Virgen, es su calcañar que otra vez aplastará la cabeza de la
serpiente, quebrará el dominio del demonio y Ella, como triunfadora,
implantará su Reino.
Por tanto, debemos confiar en que
María ya determinó atender las súplicas de sus hijos
contra-revolucionarios, y que Ella, Soberana del universo, puede hacer a
la Contra-Revolución conquistar, en un relance, incontable número de
almas. Nuestra Señora Reina podrá expulsar de esta Tierra
revolucionarios impenitentes, que no quieren atender a su apelo, de
manera que un día Ella pueda decir: ¡por fin – según la promesa de
Fátima – mi Corazón Inmaculado triunfó!
Pequeño Ofício de la Inmaculada Concepción Comentado
Artpress – São Paulo
1997