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sábado, 29 de noviembre de 2025

La devoción de las mil Ave Marías

 Del sitio Fundación Cari Filii:

 En diversos países de Europa está bastante difundida la tradición de rezar mil avemarías en los días previos a Navidad, como devoción de Adviento.

Se suele empezar el 29 de noviembre, haciendo 40 avemarías cada día, y así en 25 días se llega a las mil el 23 de diciembre, pero siempre es posible organizarlas de otras maneras. Es una forma de prepararse para la Navidad y el misterio de la Encarnación. También sirve de forma parecida a una novena, para pedir al Niño Dios una gracia especial por su cumpleaños.

Esta devoción nació a raíz de una aparición de la Virgen María y el Niño a Santa Catalina de Bolonia en 1445, la noche del 25 de diciembre. La religiosa clarisa, de 32 años entonces, oraba reflexionando sobre el misterio de la Navidad cuando vio a la Virgen con el Niño, y de hecho asegura que la Virgen le permitió sostener al Niño Jesús en sus brazos durante "la quinta parte de una hora". El Niño Jesús le dio un beso en la frente y le dejó una marca.

En memoria de esa aparición, las religiosas de ese monasterio, el de Corpus Domini en Ferrara, cada año hasta el día de hoy en la noche santa repiten 1.000 Avemarías. Y esa devoción se fue difundiendo. Por ejemplo, se sabe que la practicaba Santa Faustina Kowalska. En los monasterios se concentran las mil avemarías en un solo día o noche, pero entre los laicos lo común es repartir la recitación en los días previos.

Catalina Vigri, conocida como santa Catalina de Bolonia (1413-1463) nació en esa ciudad italiana. Recibió una buena educación entre la nobleza, pero las diversiones mundanas no le atraían. Primero se unió a una comunidad de damas devotas, terciarias de inspiración agustiniana, que después pasaron a ser un monasterio de clarisas, el de Corpus Domini, en Ferrara (donde están las tumbas de nobles de la casa de Este, incluyendo a la famosa Lucrecia Borgia).

Catalina pronunció sus votos en 1432 con 19 años, y moriría a los 40 años. En otra de sus visiones vio a San Francisco de Asís, quien le mostró sus estigmas.

Poco antes de morir dejó a sus hermanas un tratado de vida espiritual que se haría clásico en la vida religiosa, titulado Las siete armas espirituales, que compara la vida del religioso con la guerra y las batallas: "Al principio y al final de esta batalla se ha de pasar por el mar tempestuoso, es decir, por muchas y angustiantes tentaciones y acérrimas batallas". Y para ayudarnos a vencer en esta lucha, añade: "Os presentaré inicialmente algunas armas para que podáis combatir con eficacia la astucia de nuestros enemigos. Pero es necesario que quienquiera que desee librar esta batalla no deponga las armas, ya que los enemigos no duermen nunca".

Fue canonizada en 1712 por el Papa Clemente XI y su fiesta fijada el 9 de marzo. Muchos visitan sus restos incorruptos (aunque muy oscurecidos, momificados).

Es habitual intercalar las 1000 Avemarías con unas meditaciones. Proponemos estas (el texto considera que se rezan 4 decenas al día, pero pueden ser muchas más si es necesario para llegar a las mil).

Texto y meditaciones de las 1000 Avemarías

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

A imitación de Santa Catalina de Bolonia, alabaremos a la gran Madre de Dios por su sagrado nacimiento, con estos cuarenta saludos angélicos para obtener de ella protección en la vida y asistencia en la muerte, para que desde esta tierra de peregrinaje lleguemos a los lugares eternos de Paraíso.

Primera decena: En primer lugar, rezando diez Avemarías y otras tantas bendiciones, consideraremos el misterio inefable de la Encarnación del Verbo, y la gran dignidad de la Virgen en haber sido elegida Madre del Altísimo.

Ave María…

Segunda decena: En segundo lugar, con el rezo de diez Avemarías y otras tantas bendiciones, meditaremos en la humildad del rey de los cielos, que eligió un humilde hogar para su Navidad, y en la alegría que tuvo María al ver nacer de ella en el pesebre al único hijo del Padre.

Ave María…

Tercera decena: En tercer lugar, con el rezo de diez Avemarías y otras tantas bendiciones, recordaremos atentamente la perfecta diligencia de la Virgen María, cuando cumplió los oficios de Marta y Magdalena al contemplar a su hijo el Redentor y asistirlo como a un tierno niño.

Ave María…

Cuarta decena: En cuarto lugar, rezando diez Avemarías, y otras tantas bendiciones, consideraremos la gran reverencia con que María, más en el corazón que en el pecho, la abrazó, estrechó, besó y adoró a Ella y a nuestro Dios, hecho hombre por nuestro amor.

Ave María…

Último rezo, 23 de diciembre

Alabado sea Dios por siempre, porque a imitación de nuestro Santo, hemos cumplido este devoto ejercicio: y roguemos a la Reina de los Ángeles que, como fruto particular, Ella, la Madre de Jesús y Madre nuestra, se digne obtener para nosotros, en vida, un verdadero arrepentimiento de nuestros pecados, y la salvación eterna del alma, en nuestra muerte. Oh Dios, concédenos a tus fieles ser sostenidos por la intercesión de Santa Catalina, por cuyas virtudes somos atraídos a tus misterios. Por Cristo nuestro Señor.

Se rezan las últimas decenas de Avemarías.

lunes, 27 de octubre de 2025

La Virgen del Rosario, Lepanto y Chesterton

 


Del blog De Lapsis:

El 7 de octubre es Nuestra Señora del Rosario. Supongo que es bien conocida la relación de esta advocación y la dedicación del mes de octubre al Santo Rosario con la trascendental batalla de Lepanto:

La Fiesta del Rosario está unida a la persona del papa Pío V. El 5 de marzo de 1572, meses antes de su muerte, con la bula "Salvatoris Domini", recordando agradecido el triunfo cristiano sobre los turcos, permite la erección de la Cofradía del Rosario y la celebración anual de la fiesta de la Virgen del Rosario, a petición de don Luis de Requesens, señor de Martorell, en Barcelona. Su sucesor Gregorio XII extiende la fiesta a todas las iglesias o capillas que tengan erigida la Cofradía. Más tarde, el papa Clemente XI, en el 1716, la amplía a la Iglesia universal. Y, finalmente, en la reforma litúrgica de Pío X, en el 1913, se señala la fiesta en el día 7 de octubre, memorable fecha de la batalla de Lepanto.

Creo que el mejor homenaje a esa batalla es el poema épico Lepanto de G.K. Chesterton, que tenemos la suerte de que fue traducido por Borges y publicado originalmente en el primer número de la revista Sol y Luna en noviembre de 1938.

Como reseñaba J. Soley: "en estos tiempos en que hablar de la lucha contra el Turco que salvó nuestra civilización nos resulta vergonzante, no estará de más vibrar con esa voz que se alza desde la cristiana Albión para recordarnos que hubo un rey cristiano que nos salvó y que hizo exclamar, incluso a los sajones, ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria!"

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.

Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.

Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.

Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,–
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios –hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice “Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco –¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.

En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.

El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles–
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo–
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.

¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero…

miércoles, 28 de agosto de 2024

Recemos el Oficio a la Inmaculada Concepción

Del sitio Cancanova:

Según una antigua tradición de la Iglesia, estamos llamados a rezar el Oficio de la Inmaculada Concepción, para proclamar las grandes alabanzas a la Virgen María, Madre de Dios. El Oficio de la Inmaculada Concepción fue escrito originalmente en latín en la Italia del siglo XV por el franciscano beato Bernardino de Bustis, con el fin de proteger la doctrina de la Inmaculada Concepción de los numerosos ataques que venía sufriendo por parte de los herejes desde el siglo XII.

A petición de los fieles devotos de la Virgen Inmaculada, el Oficio fue aprobado por el Papa Inocencio XI en 1678. Dos siglos más tarde, el 31 de marzo de 1876, el Oficio fue enriquecido por el Beato Papa Pío IX con 300 días de indulgencia cada vez que se rezara. En la reforma del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI modificó la doctrina sobre las indulgencias y concedió una indulgencia parcial a quienes rezaran con fe el Oficio de la Inmaculada Concepción.

El Oficio es una oración compuesta para ser cantada o recitada (todos a la vez o siguiendo la Liturgia de las Horas) con el fin de proclamar las alabanzas a la Madre de Dios y defender la fe de la Iglesia en la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Según la tradición de la Iglesia, los cristianos católicos rezan el Oficio en particular todos los sábados, pero es encomiable y recomendable recitar la Oración diariamente, porque el Oficio de la Inmaculada Concepción es una forma poética de proclamar la fe de la Iglesia en la pureza y santidad única de la Virgen María, Madre de Jesucristo.

De acuerdo con la fe de la Iglesia, la fiesta de la Inmaculada Concepción se incluyó en el Calendario Romano mucho antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción en 1476. En el siglo siguiente, en 1570, el Papa Pío V publicó el Nuevo Oficio y, en 1708, el Papa Clemente XI extendió la fiesta a toda la Iglesia, haciéndola obligatoria.

El Concilio de Trento, el 17 de junio de 1546, confesó sobre la Virgen María: "Ella fue la primera y la única que se benefició de la victoria sobre el pecado obtenida por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original, y durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió pecado de ningún tipo (DH 1573).

En 1854, el Papa Pío IX declaró solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María con la Bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 (cf. DH 2803). El dogma de la Inmaculada Concepción de María es la declaración del dogma de fe de la Iglesia en la virginidad perpetua de la Madre del Hijo de Dios.

La Iglesia reconoce infaliblemente que la Virgen fue preservada inmune de la mancha de la culpa original desde el primer momento de su concepción y revestida de una santidad enteramente única. Sin embargo, desde los albores del cristianismo, los santos padres y doctores de la Iglesia han enseñado siempre que la Virgen María es enteramente pura y santísima, inmune de toda mancha de pecado.

Antes de la proclamación del dogma, el 27 de noviembre de 1830, la Virgen se apareció a Santa Catalina Labouré en la capilla de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en París. En esta aparición, María pidió a Catalina que hiciera confeccionar y difundiera la devoción de la "Medalla Milagrosa", con la inscripción: "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti". Con estas palabras, la Virgen confirma la doctrina de la Iglesia sobre la Inmaculada Concepción.

Más tarde, Nuestra Señora reveló su nombre a Bernadette Soubirous el 25 de marzo de 1858, en su 16ª aparición en Lourdes, Francia: "Yo soy la Inmaculada Concepción". De este modo, la misma Virgen María confirma el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes. 

Por eso, según la antigua tradición de la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a proclamar las grandes maravillas realizadas en la Virgen María por medio del Oficio de la Inmaculada Concepción. "Una antigua tradición dice que Nuestra Señora se arrodilla en el cielo cuando alguien en la tierra reza el Oficio".

Además, las indulgencias concedidas por la Iglesia a las personas que rezan el Oficio atestiguan el gran valor de esta oración. En la certeza de la eficacia y grandeza de esta oración, recemos con fe el Oficio de la Inmaculada Concepción, si es posible todos los días, o al menos una vez a la semana, preferiblemente los sábados, pidiendo a la Virgen Madre de Dios especialmente por los pobres, por los pecadores, por las almas del purgatorio y por nuestras intenciones particulares.