Sabemos
que Alfred Hitchcock era católico. Nunca lo ocultó. Y en algunas de sus
películas existen huellas precisas de la religiosidad en la que se
formó, y de la que nunca renegó del todo. Pero no es tan sencillo saber
qué presencia tenía su fe en su vida interior.Edward White,
uno de los últimos biógrafos del célebre director de cine -autor de
obras míticas como ‘Vértigo’ o ‘Psicosis’- acaba de publicar ‘Las doce
vidas de Alfred Hitchcock’ (Alianza Editorial) donde dedica un capítulo
íntegro a analizar su creencia religiosa.
"Dios entra y
sale de sus películas como si se comunicara a través de una débil señal
de radio de onda media, como parece que hizo en su vida personal", afirma el investigador.
Y
añade: "Se desconoce qué musitaba Hitchcock en sus propias oraciones, o
qué pecados pudo sentirse impulsado a confesar. Hablaba públicamente de
su origen católico, pero rara vez daba alguna muestra de la naturaleza
exacta de sus creencias".
Este carácter esquivo decepcionó al
crítico y escritor francés André Bazin, católico también, que había
identificado en la obra del realizador británico-norteamericano temas
como la culpa, la vergüenza, la penitencia o la venganza en los que
creía ver la huella de su condición religiosa. Pero, cuando se
conocieron, Hitchcock fue incapaz de desentrañar o analizar estas
claves.
El realizador había nacido en el seno de una familia
católica británica en 1899 y, de niño, fue monaguillo. Siempre mostró
una gran atracción por el aspecto ritual de la liturgia y por los
elementos más estéticos de la fe católica, de los que dejó buena muestra
en muchas de sus películas.
"Esta
es la idea reconociblemente católica que podemos encontrar en la
sensibilidad estética de Hitchcock: la belleza superficial es
trascendental, una puerta de entrada a otra dimensión de la
experiencia", explica ‘Las doce vidas de AH’.
Y no sólo eso, sino
que White ve en el director una muestra de las ideas del padre Andrew Greely sobre la imaginación católica, según la cual, el católico ve
todos los objetos (no solo los más explícitamente sagrados) como
sacramentales, como una revelación de la presencia de Dios.
En
Hitchcock esto se traduciría en el protagonismo que tienen en sus
películas objetos que parecen estar imbuidos de fuerzas que van más allá
del mundo físico, que tanto pueden ser buenas como malas. White pone,
entre otros, los ejemplos de la llave de la bodega de ‘Encadenados’, o
el vaso de leche de ‘Sospecha’.
Hitchcock se reconocía como
católico y algunos elementos de su formación aparecen en su cine, si
bien con formas que no siempre encajan con la ortodoxia eclesial. Por
ejemplo, White destaca que la idea del pecado original late en muchas de
sus historias, pero a menudo en forma de denuncia de su injusticia.
Sabemos
también que en la etapa final de su vida se alejó de la Iglesia -Donald
Spoto, otro de sus biógrafos, llega a afirmar que cortó radicalmente y
que iba a negarse a recibir la absolución- si bien White da a entender
que pudo producirse un reencuentro a partir de las visitas a domicilio
que el padre Thomas Sullivan y el joven sacerdote Mark Henninger
realizaron durante sus últimas semanas de vida a petición del propio
realizador de cine.
"Henninger nunca supo las razones
precisas por las que Hitchcock quiso que la Iglesia volviera a su vida
después de tantos años alejado de ella", explica Edward White, "y
sospecha que tal vez Hitchcock tampoco lo tuviera del todo claro".
"Pero
algo le susurraba en el corazón y las visitas respondían a un profundo
deseo humano, a una verdadera necesidad humana", explica el propio
Henninger en su artículo ‘La sorpresa final de Alfred Hitchcock’,
publicado en el Wall Street Journal en 2012.
"Lo más
notable fue que después de recibir la comunión lloró en silencio, con
lágrimas rodándole por las enormes mejillas", recuerda quien entonces
era un joven sacerdote.
No obstante, Henninger no se atreve a
valorar ese llanto, que tanto podrían ser muestra del reencuentro con la
gracia de Dios, del temor a su juicio, o del miedo a la cercanía de la
muerte, que se produjo el 29 de abril de 1980, a los 80 años de edad.
El
realizador británico comenzó su educación en el St. Ignatius College,
un centro jesuita donde, según reconoció luego, aprendió a pensar, pues
su mente fue moldeada con capacidades para razonar. Ahora bien, la
severa disciplina del centro también puede ser el origen de algunos de
los miedos y obsesiones que marcaron la vida del cineasta, y que
trasladó a sus películas.
En este colegio encontró una atmósfera
religiosa y educativa que era fuertemente barroca. White recuerda que la
jerarquía católica de Inglaterra se había restablecido en 1850, apenas
medio siglo antes de que naciera Alfred Hitchcock, tras una ausencia de
casi tres siglos por la persecución anglicana.
Ese renacer
coincidió con una famosa exposición de la Hermandad Prerrafaelita en la Royal Academy, que provocó un tremendo impacto cultural y el
resurgimiento de la influencia católica en el arte inglés, lo que se
tradujo en la presencia de figuras artísticas relevantes que se
convirtieron al catolicismo como los escritores G. K. Chesterton, Evelyn Waugh, Graham Greene e incluso Oscar Wilde en su lecho de muerte.
Hitchcock
mantuvo el contacto con el St. Ignatius College durante muchos años y,
de hecho, fue quien proporcionó los fondos para los nuevos edificios del
centro. Asimismo, fue muy generoso con las causas católicas en
California y diversas iniciativas de caridad.
Aunque elementos de
la estética católica, y de la liturgia, aparecen en muchas de las
películas del realizador británico, hay algunas obras suyas en las que
su religión está más presente.
Uno de los casos más claros es ‘Yo confieso’, su película más explícitamente católica, estrenada en 1952.
No sólo su protagonista es un sacerdote, sino que su trama depende de
la inviolabilidad del sacramento de la confesión, que impide al
protagonista utilizar en su defensa lo que le ha sido dicho en ese
marco. ‘Yo confieso’ es "un raro ejemplo de una película de Hollywood
que muestra a su público el sacerdocio desde el interior de la Iglesia",
explica Edward White.
También se detecta una fuerte presencia de
la fe católica en ‘Falso culpable’, que se basa en la historia real de
un hombre que se aferra a sus convicciones religiosas cuando la ley le
condena por un crimen que no ha cometido.
Uno de los momentos más
hondamente religiosos de la película es cuando el protagonista, Manny
Balestrero, presa de la desesperación, se aferra a un rosario y reza
ante un retrato de Jesús, plano que se funde a continuación con la
imagen del verdadero autor de los hechos, y la escena que conduce al
esclarecimiento del delito y la absolución del protagonista, como si la
oración hubiera producido su efecto en el mundo real.
Pero, más
allá de ejemplos concretos, las películas de Hitchcock evidencian una
visión moral, si bien a veces está envuelta en una cierta ambigüedad.
"Muchos
de los que trabajaron con él -en particular sus guionistas- creen que
Hitchcock, conscientemente o no, utilizaba sus películas como medio para
urdir una visión moral del universo en la que los malhechores son
descubiertos y castigados, y casi todo el mundo necesita expiación por
algo".
A
menudo, sus protagonistas se veían sometidos a procesos muy duros que
ponían a prueba su temple moral y que, cuando los superaban, les
permitían salir fortalecidos y absueltos.
"El alma del hombre prevalece", asegura Neil Hurley
sobre las películas de Hitchcock, "pero sólo cuando está presente la
lucha moral. La esperanza está ahí, pero tiene que activarla la
iniciativa humana".
Con todo, quizás la mejor explicación que
Edward White brinda de la visión moral del realizador de ‘Con la muerte en los talones’ es la que afirma que sus películas "sugieren que el
mundo es un lugar desconcertante, sucio y peligroso» donde las personas
«no siempre son quienes parecen ser".
Sin embargo, "son todo lo
que tenemos. Lo mejor que podemos hacer es ser valientes y tenderles la
mano, algo que a Hitchcock le costó mucho hacer, pero por lo que, a
veces, fue recompensado generosamente, siendo su matrimonio con Alma el
ejemplo definitivo".