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miércoles, 15 de octubre de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Teresa de Ávila

 

Del sitio Caminando con Jesús

En los textos escritos por Santa Teresa de Jesús, se puede reconocer en ella su gran devoción mariana. Esta es una selección de pasajes donde Santa Teresa de Jesús nos muestra su gran amor por la Virgen María, “Aquí se hace devota de la Reina del cielo para que interceda” (Vida 19, 6;)

En efecto, el amor por la Virgen María y su experiencia mariana, se refleja en sus libros y desde esos párrafos escrito con gran cariño a la Virgen, se revela un bello retrato de María, donde la Santa Madre Teresa de Jesús, guarda en su corazón, a quien toma por su madre. Es así, como Teresa nos escribe: “Me acuerdo que cuando murió mi madre, tenía yo doce años de edad, poco menos. Cuando yo comencé a entender lo que había perdido, afligida, me fui a una imagen de nuestra Señora y le supliqué, con muchas lágrimas, que fuese mi Madre. Me parece que, aunque se hizo con simpleza, me ha valido; porque he hallado a esta Virgen soberana muy claramente en cuanto la he encomendado y al fin, me ha reconquistado” (Libro Vida 1, 7).

De este modo, Santa Teresa, revela que gracias a la protección de la Virgen como así mismo su motivación a su conversión ha sido fundamental en toda su vida, y así lo dice ella: “en cuanto la he encomendado y al fin, me ha reconquistado” (la fuente dice  "me ha tornado a sí")

También, desde la niñez ella guarda recuerdos importantes de la devoción a la Virgen con el rezo del Santo Rosario y así lo relata ella: “Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y hacernos devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzaron a despertarme a la virtud cuando tenía seis o siete años de edad, a mi parecer” (Libro Vida 1, 1).

Y este amor por la Virgen, permanece por siempre, ya que Teresa no deja de manifestarnos sus gratos momentos de devoción mariana: “Nuestra Señora le debía de ayudar mucho (al cura de Becedas), que era muy devoto de su Concepción y en aquel día hacía gran fiesta. Al fin dejó de verla del todo y no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle dado luz” (Libro Vida 5, 6). También nos escribe sobre la Sagrada Familia: “No sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles, cuando tanto pasó con el Niño Jesús, sin dar gracias a san José, por lo bien que les ayudó en los dolores” (Libro Vida 6, 8).

Declarando los efectos que hace en el alma la oración, Santa Teresa de Jesús  acude a la Virgen en sus penas: “Aquí se hace devota de la Reina del cielo para que interceda” (Libro Vida 19, 5) y además se hace ella muy devota al Santo Rosario: “Una vez, teniendo yo la cruz en la mano, que la traía en un rosario, me la tomó con la suya” (Libro Vida 29,7), “Estando una noche tan mala que quería excusarme de tener oración, tomé un rosario por ocuparme vocalmente” (Vida 38,1)

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

miércoles, 1 de octubre de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Teresa de Lisieux

 

Del sitio De la Rueca a la Pluma:

El otro día me encontré, en un prestigioso calendario religioso, la siguiente frase atribuida a Teresa de Lisieux o “santa Teresita”: "Con el rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Santísima Virgen".

Sorprendida, busqué en internet y encontré que esa misma frase está atribuida a la Santa en diversas páginas, algunas incluso páginas oficiales de diócesis españolas. No solo eso, sino que incluso, en alguna de esas páginas, el discurso continuaba con lo siguiente: “Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón”.

No dejó de asombrarme encontrar esas afirmaciones sobre el rosario, que Santa Teresa del Niño Jesús no solo nunca dijo ni escribió, sino que más bien son contrarias a su vida, pensamiento y doctrina.

Las frases son muy bonitas, ciertamente. Pero la cruda realidad de Teresa con el rosario no es esa.

El 20 de agosto de 1897, en su lecho de muerte, Teresa de Lisieux decía a su hermana Inés: "¡Y pensar que toda la vida me ha costado tanto rezar el rosario!"

Sí, Teresa lo decía con pena. Pero esa era la verdad. Verdad que escribió en su Historia de un alma: "Pero rezar yo sola el rosario (me da vergüenza decirlo) me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia… ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención… Durante mucho tiempo viví desconsolada por esta falta de atención, que me extrañaba, pues amo tanto a la Santísima Virgen, que debería resultarme fácil rezar en su honor unas oraciones que tanto le agradan.  Ahora me entristezco ya menos, pues pienso que, como la Reina de los cielos es mi Madre, ve mi buena voluntad y se conforma con ella». (Historia de un alma Ms C 25v).

¿A Teresa de Lisieux, por tanto, no le gustaba rezar el avemaría o el padrenuestro? No, no era eso. De hecho, ella continúa diciendo: "A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un 'Padrenuestro', y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces…".

Teresa gustaba de rezar “muy despacio” esas oraciones tan bíblicas y evangélicas, pero no el rosario, repitiéndolas una y otra vez. Con esto, como en otros muchos aspectos, Teresa se salía del canon establecido de santidad. Pues para ser elevado a los altares, muchos suponían que debía de gustarte mucho rezar el rosario.

Sin embargo, lo que es indudable es el amor a María de Teresa de Lisieux. Su última poesía, escrita pocos meses antes de fallecer, la dedicó a la Virgen, con el título "Por qué te amo, oh María". Y en ella, va desgranando las escenas marianas del Evangelio, presentando a María como mujer de fe probada, mujer que sufre, mujer imitable más que admirable… Ella decía, como veremos, que le hubiese gustado ser sacerdote, entre otros motivos, para predicar sobre María.

Al día siguiente de esas palabras sobre el rosario que escribo más arriba, el día 21 de agosto de 1897, Teresa dice lo siguiente a su hermana:

"¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo que pienso al respecto. Ante todo, hubiera hecho ver qué poco se conoce su vida. No habría que decir de Ella cosas inverosímiles o que no sabemos; por ejemplo, que, de muy pequeñita, a los tres años, la Santísima Virgen fue al templo para ofrecerse a Dios con ardientes sentimientos de amor, totalmente extraordinarios, cuando tal vez fue allá sencillamente por obedecer a sus padres.

¿Y por qué decir también, al hablar de las palabras proféticas del anciano Simeón, que la Santísima Virgen, a partir de ese momento, tuvo constantemente ante los ojos la pasión del Señor? 'Una espada te atravesará el alma', le dijo el anciano. Por lo tanto, no se trataba del presente, ¿te das cuenta, Madrecita?; era una predicción genérica para el futuro.

Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que hacerme ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura de que su vida real fue extremadamente sencilla. Nos la presentan inaccesible, habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que Ella vivía de fe igual que nosotros, probarlo por el Evangelio, donde leemos: 'No comprendieron lo que quería decir'. Y esta otra frase, no menos misteriosa: 'Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño'. Esta admiración supone una cierta extrañeza, ¿no te parece, Madrecita?

Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la tierra, pero es más madre que reina; y no se debe decir que, a causa de sus prerrogativas, eclipsa la gloria de todos los santos, como el sol al amanecer hace que desaparezcan las estrellas. ¡Dios mío, qué cosa más extraña! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos…! Yo pienso todo lo contrario, yo creo que ella aumentará con mucho el esplendor de los elegidos.

Está bien hablar de sus privilegios, pero no hay que quedarse ahí; y si en un sermón nos vemos obligados a exclamar desde el principio hasta el final: '¡oh! ¡oh'”, acaba uno harto. ¡Y quién sabe si en ese caso algún alma no llegará incluso a sentir cierto distanciamiento de una criatura tan superior y a decir: 'Si eso es así, mejor irse a brillar como se pueda en un rincón'.

Lo que la Santísima Virgen tiene sobre nosotros es que ella no podía pecar y que estaba exenta del pecado original. Pero, por otra parte, tuvo menos suerte que nosotros, porque ella no tuvo una Santísima Virgen a quien amar, y eso es una dulzura más para nosotros y una dulzura menos para Ella.

Finalmente, en mi cántico 'Por qué te amo, María', he dicho todo lo que predicaría sobre Ella".

Teresita jamás dijo que ningún tipo de oración o devoción nos acercase más a Dios. Su confianza ilimitada en el amor misericordioso e incondicional de Dios le impedía pensar de este modo. Incluso su famosa “Ofrenda al Amor Misericordioso de Dios”, nunca la consideró una oración que acercase más a Dios. De hecho, en una ocasión una novicia le preguntó si con esa oración se alcanzaba el cielo, a lo que ella respondió subrayando la necesidad de practicar la “caridad para con el prójimo” (CF. Procesos, p. 621).

Con esto no quiero decir que el rosario no sea una oración muy válida y que hace mucho bien a muchas personas. Oración que muchos santos rezaban con devoción. La misma Teresa de Jesús, la fundadora del Carmelo Descalzo, rezaba el rosario. Pero ella jamás obligó a sus monjas a rezarlo. Ni el rosario ni ningún otro tipo de oración piadosa (novenas, procesiones, etc.), dejando gran libertad en materia espiritual: "Lo que más os despertare a amar, eso haced" fue su máxima.

Las dos Teresas coinciden en su amor a la Virgen, pero también en su respeto a la devoción personal de cada creyente.

Termino estas palabras invitando a rezar “muy despacio” un avemaría y un padrenuestro y también recomendando la lectura y meditación del poema “Por qué te amo, oh María”, último poema que escribió Teresa de Lisieux.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Teresa de Calcuta

 

Del sitio Fundación Cari Filii:

En 1947 la Madre Teresa de Calcuta tuvo una visión en tres partes.

En la primera escena, vio la difícil y dolorosa de los pobres y la aún mayor pobreza interior que estaba escondida detrás de su pobreza material… ellos estaban tratando de llegar hasta ella.

En la segunda escena, la Madre Teresa vio la misma multitud de pobres… La Virgen estaba allí en medio de ellos y la Madre Teresa estaba de rodillas a su lado; le oyó decir: "Cuida de ellos… ellos son míos… llévalos a Jesús… llévalos a Jesús… No temas… enséñales a rezar el rosario… el rosario en familia, y todo estará bien... sin miedo… Jesús y yo estaremos contigo y tus hijos".

En la tercera escena era la misma gente de nuevo y estaban cubiertos con tinieblas. Allí, en medio de una multitud angustiada que no parecía darse cuenta de su presencia, estaba Jesús en la Cruz. Nuestra Señora estaba delante de Él… y Jesús dijo a la Madre Teresa: "Yo te lo he pedido… ella, mi Madre, te lo ha pedido. ¿Vas a negarte a hacer esto por mí… cuidar de ellos, traerlos a mí?"

Luego de esto, toda la vida de la Madre Teresa estuvo dirigida a devolver el amor inconmensurable que el Padre derramó en Jesús crucificado, presente en la Eucaristía, que moraba en su corazón y se encontraba escondido en los más necesitados.

"La bofetada que recibió, el escupir en su cara, la coronación de espinas, la flagelación, quitarle su ropa, la crucifixión… poner su cruz en el centro, mostrando que Él era peor que los otros dos. El entierro en la tumba de otra persona, todos estos gestos y muchos otros, especialmente el terrible anhelo de ser amado, la terrible soledad, el terrible sentimiento de dolor de Su Madre. Todas estas son muestras del amor con que Él te amó, a ti y a mí". (Madre Teresa).

Podemos notar en estas visiones el papel central y decisivo que jugaría Nuestra Señora en cada aspecto de la vida y trabajo de la Madre Teresa. La Virgen se convirtió en un puente entre la Madre Teresa y los pobres que clamaban a ella y entre los pobres y Jesús crucificado quien tenía sed de ellos, que anhelaba amarlos y ser amado por ellos.

Del libro “Madre Teresa: A la sombra de la Virgen”
Joseph Langford, MC
Catholic Exchange
adaptado al español en PildorasdeFe.net

viernes, 1 de agosto de 2025

Los Santos y el Rosario: San Alfonso María de Ligorio

 

Del sitio Magnficat:

Al final de sus años, el amor de San Alfonso por la Santísima Virgen se hizo más ardiente que nunca; hubiera querido encender todos los corazones con el amor a María; a menudo gritaba: "Oh, hombre, ¿qué haces? ¿Cómo se pueden amar criaturas de barro, engañosas y mentirosas, que te traicionan y te hacen perder el alma, el cuerpo, el cielo y a Dios? ¿Y por qué no amas a María, que es muy amorosa, muy bondadosa y muy fiel, y que, después de enriquecerte con consuelos y gracias durante esta vida, te obtendría de Su divino Hijo la gloria eterna del paraíso?"

Oh, para Alfonso, siempre La amó tiernamente, a esta buena Madre; de pequeño Le había dicho ingenuamente: "Mi tierna María, no quiero que se diga que nadie Te honra y Te ama más que yo", y este deseo de su corazón fue plenamente satisfecho. Incluso en su sueño hacía las aspiraciones más conmovedoras: "¡Qué hermosa eres, oh María! ¡Qué hermosa eres, oh María! ¡Qué hermoso eres, Jesús mío!" Tendríamos mucho que decir sobre su devoción favorita, el Rosario, que rezó todos los días de su larga vida. De la mañana a la noche se le veía con el rosario en la mano.

En una misión dirigida a los galeotes de Nápoles, hubo algunos que se obstinaron en no confesarse. San Alfonso de Ligorio les instó a que, al menos, se inscribieran en la Cofradía del Rosario y comenzaran a rezarlo; así lo hicieron, y nada más rezarlo pidieron confesarse, y efectivamente se confesaron, pues llevaban varios años sin acudir a los sacramentos. Estos ejemplos recientes sirven para reavivar nuestra confianza en María, ya que sigue siendo lo que siempre ha sido para quienes recurren a Ella.

Habiendo llegado a una edad avanzada, un día que lo llevaban a la mesa, creyendo que no había terminado su Rosario, se resistió diciendo: "Un Ave María vale más que todas las cenas del mundo". Otro día que no recordaba haberlo recitado, el Hermano le dijo que sí. "Pero tú, respondió el Santo, no crees que de esta devoción dependa mi salvación". Se preocupaba de recomendar la devoción a María a todos los que iban a visitarle: "Sed devotos de la Santísima Virgen; el que es devoto de la Virgen se salvará". Recomendó a todos visitar Sus imágenes, rezar el Rosario, ayunar en Su honor los sábados y las vísperas de Sus fiestas, rezar tres Ave por la mañana y por la noche en memoria de Su concepción inmaculada y de Su virginidad perpetua, añadiendo a cada Ave: "Por Tu concepción pura e inmaculada, ¡oh María! purifica mi cuerpo y santifica mi alma".

Él estaba dando Su imagen a todos. "Aquí, dijo, está la imagen de tu Madre celestial; dale tu amor y tu confianza. Amad bien a la buena Virgen –repetía a menudo–, porque María es la madre de la perseverancia, y quien ama a Jesús y a María se santifica".

Padre Huguet

 

domingo, 13 de julio de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Teresa Jesús de los Andes


Del sitio Pontificia Universidad Católica de Chile - Humanitas:

Los siete primeros años de su vida, los vive junto a los suyos en calle Las Rosas, la casa patriarcal de su abuelo materno, un distinguido abogado y rico hacendado, dueño de la Hacienda Chacabuco. Don Eulogio llevaba una vida ejemplar que se exteriorizaba en sus rezos del rosario varias veces al día y en la manera de tratar a los suyos, en especial a los campesinos de Chacabuco, a quienes quería como hijos. Juanita, pese a sus cortos años, percibe en él a un santo. Con él entendió el sentido de las misiones en el campo y su preocupación de que sus servidores recibieran los sacramentos. El abuelo sentía que él era el responsable de acercarlos al Señor y de la salvación de sus almas. Solía acompañarlo a las casas de los campesinos, verificando su coherencia entre lo que decía y practicaba: se preocupaba de su bienestar, de la salud, de la educación primaria de los niños; de unir por medio del sacramento del matrimonio a las parejas y de entregar semillas e instrumentos para que pudieran sembrar el par de hectáreas que a cada familia le había asignado.

Juanita aprendió de su abuelo, por medio del ejemplo, la importancia de vivir unida a Dios, pues de ahí nacían todas las virtudes: el espíritu de servicio y entrega, al desvivirse por los más necesitados y sobre todo salvar almas, acercándolas a los sacramentos, alejando a los hombres de las cantinas, presentándoles otras sanas entretenciones. Aprendió de él la alegría, la sana competencia, su pasión por cabalgar, por el tenis y la natación. Por otro lado, conoció a varios sacerdotes diocesanos y de diferentes congregaciones que iban a misionar a Chacabuco o a visitar a su abuelo en la calle de Las Rosas para pedirle donaciones con el fin de mantener dignamente el culto. Don Eulogio fue un hombre de fortuna, pero vivía con austeridad.

Juanita en su diario escribe: “Jesús no quiso que naciera como Él, pobre, nací en medio de las riquezas...”. Cierto, había nacido en una de las mejores casas de Santiago. De su abuelo escribió, entre otras cosas: “Se puede decir que era un santo pues todo el día se le veía pasando las cuentas de su rosario”. Con Rebeca “hacíamos con mi abuelito lo que queríamos y lo engañábamos con besos y caricias”. Su abuelo era el patriarca, él disponía a qué colegio debían ir, pese a que doña Lucía, su mamá, de fuerte carácter, a veces lo doblegaba.

Su primera gran pena fue su partida: “Su muerte fue la de un santo, como lo fue su vida”. De ahí en adelante todo fue diferente. La familia de Juanita Fernández Solar se cambió de casa independizándose de los demás familiares. El freno y el apoyo de don Miguel había sido su suegro, tanto para los negocios como para su vida matrimonial.

Juanita consigna en su diario que en ese tiempo empieza su devoción a la Virgen. “Mi hermano Lucho me dio esta devoción, con la que he estado y espero estaré hasta mi muerte”. Se puede apreciar cómo del dolor va naciendo en ella el amor, cómo Jesús la va compensando y regaloneando, pues en Él busca refugio. “Nuestro Señor desde aquí me tomó de la mano con la Santísima Virgen”. Es así cómo se fue suavizando, dominando su carácter iracundo, sus rabietas, su vanidad, pues solían decirle que era la más linda de las hijas y primas. Juanita tenía apenas 8 años cuando su papá pierde parte de su fortuna, debiendo “vivir más modestamente”, lo contará sin tapujos en el colegio, mientras sus hermanos trataban de ocultarlo.

Su preocupación y su anhelo es recibir a Jesús sacramentado. Para ello se prepara en profundidad y sueña con ese día. Su madre la va guiando en concordancia con el colegio. “El 11 de septiembre de 1910, año del centenario de mi patria, año de felicidad y del recuerdo más puro que tendré en toda mi vida... no es para describir lo que pasó en mi alma con Jesús... sentía su querida voz. Jesús, yo te amo yo te adoro... Le pedí por todos y a la Virgen la sentí muy cerca”.

Los problemas económicos se agudizan y nuevamente deben cambiarse a un barrio menos elegante y a una casa más pequeña. Juanita lo toma con naturalidad y hasta con alegría. Practica lo que aprendió de su abuelo y lo que ve en su madre: la caridad en casa. Comenzando con los empleados, todos antiguos, a quienes respeta, quiere, considera; hasta los acompaña y sirve cuando se enferman.

A los 13 años se da cuenta de los problemas entre sus padres. Ella no juzga ni toma partido, sí intenta ser un instrumento de unión, reza por ellos y ofrece su vida para que “vuelva la paz a su hogar”. “Jesús me fue enseñando cómo debía sufrir y no quejarme y de la unión íntima con Él... Me dijo que me quería para Él, que quería que fuera carmelita... Yo en ese tiempo no vivía en mí. Era Jesús el que vivía en mí... Todo lo hacía con Jesús y por Jesús“.

Juanita crece en santidad, comienza a tener conciencia del espíritu eclesial y de su misión corredentora de almas. Lo que se traduce en cómo acerca al Señor a sus amigas, cómo se preocupa de que todos lo conozcan para así amarlo y servirlo. Junto con esto, por su simpatía y la paz que trasluce, Juanita es muy amistosa, alegre, bromista, toca el piano y el armonio con asombrosa facilidad, tiene una bella voz, es bromista y muy buena para reír.

Pese a ciertas limitaciones que tiene en las asignaturas de química y física, con esfuerzo y voluntad logra buenas notas, destacándose entre las mejores, sobresaliendo en literatura y filosofía y obteniendo siempre los primeros premios en las competencias literarias. Además ha crecido como mujer. Es alta, delgada, bella figura, bonita de rostro, con una mirada pura color cielo. Ya tiene enamorados y esto a ella le encanta. La vanidad será su eterna lucha. El espejo, su gran tentación. El éxito entre sus amigas, requerida por todas, también será motivo para doblegar el orgullo.

En casa los problemas se agudizan, en especial entre sus padres, por las pésimas relaciones conyugales, sumados a los malos manejos en que don Miguel pierde también las tierras heredadas de Melipilla. Miguel, el poeta bohemio, el que se negó a entrar a la universidad, llega en general de madrugada y en pésimo estado. A Juanita le duele la dureza de su madre para con su hermano mayor; entre otras medidas da orden de cerrar la cocina con tranca cuando no ha llegado. Nuestra santa, pensando que un gesto de amor podría hacerlo cambiar y también pensando en sus borracheras y en su estómago vacío, le deja a escondidas el postre debajo de la cama y alguna golosina de la cual se ha privado. Miguel sabe que es Juanita quien le ordena su ropaje, le guarda comida e incluso le deja una lectura edificante en el velador. Él nunca le agradeció ni le dirigió la palabra; seguro que motivado por el orgullo y la vergüenza: ...“Sí, mi dolor es mío... no lo quiero entregar”, escribirá en uno de sus poemas (Miguel Fernández Solar, Premio Municipal 1942. Poema Huerto de los Olivos. Campesinas, 1948, segunda edición). Juanita tampoco se lo enrostra, se limita a acogerlo con cariño. En silencio, en lo más secreto, rezaba por él y por su madre para que se suavizara.

Por su parte, Lucho, su más querido hermano, le confesó con gran orgullo que había llegado a la conclusión de que Jesucristo fue un profeta muy sabio, cuyo origen no era divino. Juanita, en lugar de convencerlo con sólidos argumentos, pues nada lograría, se limitó a pedir por su conversión, siendo un fiel reflejo de Cristo.

Teresa de Jesús de Los Andes, en el mundo Juanita Fernández Solar (1900 - 1920), claramente escuchaba que el Señor la llamaba al Carmelo. No fue una gracia tumbante, sino el fruto de su docilidad, de su formación en el colegio, del ejemplo de su abuelo; es el fruto de una constante búsqueda, luchas, humildad, lectura de la vida de Santa Teresa de Lisieux, la joven carmelita que presentó en sus escritos al Dios Amor, y las ansias de imitarla, pero por sobre todo, el conocimiento íntimo de Jesucristo en el Evangelio, oración de intimidad, misa diaria, adoración, sacramentos, rezo del rosario, siendo su gran devoción y modelo la Santísima Virgen.

Juanita era afectiva, le gustaba ser querida y regaloneada por su familia y amistades. En los buenos momentos, cuando la vida le sonreía, fue la regalona de todos. Sin embargo, los acontecimientos van de mal en peor. Lucho, su querido hermano, quien le enseñó a rezar el rosario, se ha declarado ateo. Miguel está más distante y rebelde. Lucita, la hermana que sigue a Miguel, está de novia y poco la considera. Su mamá pasa largas estadías en Viña del Mar en busca de cura para su hijo menor, Ignacio, quien a causa de un accidente, tiene un serio problema en una pierna. Rebeca, quien otrora fuera su inseparable hermana y confidente, no toma en serio su ideal del Carmelo.

El ambiente hostil de su casa, unido a la dureza de su madre, curtida de tantos problemas e infidelidades de su esposo, que se alejaba por largas temporadas en los campos que administraba, no fue motivo de amargura para nuestra santa, sino instrumento de santidad, por buscar lo bueno en las personas, por ser servicial, por no juzgar, por buscar la unidad. Juanita se desvive por todos, convirtiéndose en “el ángel tutelar de la familia”, según palabras de Lucho. A la vez, Miguel en el proceso de canonización dirá para sorpresa de todos: “no me fui de casa, porque en ella vivía una santa”.

Cuando cumplió 15 años, sorpresivamente, su madre, doña Lucía, en el segundo semestre toma la drástica decisión de cambiar a Juanita y a Rebeca del Externado del Sagrado Corazón, a escasas cuadras de casa, al Internado, lo que parece una locura. Simplemente lo hace, sin dar explicaciones, para evitar que se dieran cuenta de los constantes roces con don Miguel, su esposo, las pocas veces que llegaba a Santiago. Justo ese año, 1915, doña Lucía vive momentos dolorosos que la hacen salir de sí.

Juanita sufre lo indecible, pues pese a todo era muy apegada a los suyos. No entiende cómo su madre las aparta, aunque internamente sospecha el motivo. Se preocupa de reconfortar a Rebeca y de apoyarla en su nueva vida. ¿Pero quién se preocupa de ella? ¿Quién la visita los días que pueden recibir familiares en el salón del Internado, si gran parte del invierno doña Lucía lo pasa en Viña del Mar con Ignacio? Solo Ofelia Miranda, la fiel niñera, va a verlas llevándoles golosinas. Cuatro años más tarde, ya en el Monasterio Carmelitas de Los Andes, la primera visita que recibirá será la de Ofelia. Su padre, a quien adora, no tendrá valor para ir a dejarla al convento, sólo la verá una vez para su toma de hábito. Tampoco llegará en la antesala de su muerte.

La vida en familia, para que sea vida de unión, ha de ser un sacrificio continuado”. ¡Cómo lo sabía y lo vivía! Impresiona conocer los detalles y delicadezas de esta joven que alternó su vida, hasta los 18 años de edad, entre el Internado del Sagrado Corazón y su hogar.

En el Internado, Juanita conoce a nuevas amigas. Su condición aristocrática la inclina inconscientemente a tener más afinidad con las jóvenes de la alta sociedad. Es lógico, todos se conocen por alguna razón o ubican a sus hermanos o primos. Sin embargo, junto al alto vuelo espiritual que está emprendiendo, comienza a acercarse a las alumnas provincianas, a las desconocidas y a aquellas que no gozan de popularidad. Al poco tiempo, se advierte un grupo unido: todas con todas. Juanita no lo consigna en su diario, pero sí sus amigas lo advierten.

Después de muchos vencimientos y superaciones, se ha transformado en ejemplo para las alumnas y en la favorita de las monjas en el buen sentido de la palabra. Como saben que su vocación es el Carmelo, la quieren para su congregación y con mucha delicadeza comienzan a persuadirla que debe ser religiosa educadora. Esto turbará a Juanita, quien tenía muy claro que sería carmelita. Será motivo de dudas, de búsqueda de la voluntad de Dios y de muchas espinas.

Juanita se santificó en su ambiente, en medio de los suyos, minuto a minuto. Ante cualquier acontecimiento se adelanta amando, esmerándose en “labrar la felicidad de los demás”, considerándose “la última de todas” y mirando siempre en el prójimo a Jesús. Carga con su cruz y las cruces de los suyos, porque experimenta vivamente que “a la sombra de la cruz, todas las amarguras desaparecen”. Amarguras y serios problemas que se agudizan en su casa que con gran pena los vive cuando la autorizan a salir del Internado. Los enfrenta a la luz de la Verdad, del Amor y la oración. “Que vuelva la paz a mi familia”, le pide al Señor; “que mi papá se confiese”, que Lucho recupere la fe: “Todos los sufrimientos enviadme, Dios mío... con tal que él se convierta”.

Conmueve cómo trabaja con amor y sabiduría para unir a sus padres. Impresiona su madurez y equilibrio, su valentía y confianza en Dios; la capacidad de ver lo que los otros no ven y la generosidad de no exigir nada. Tratando de pasar inadvertida, contribuye a la paz, tanto en el Internado como en su hogar. Sin criticar y aplastando sus propias rebeldías, cura las heridas con dulzura y con su actitud acerca a quienes la rodean al Señor.

Traspasa su entorno familiar y colegial al inscribirse para ayudar, enseñar, catequizar y acompañar los sábados a las alumnas internas del colegio de niñas pobres que sostiene el Sagrado Corazón. A ellas les guarda con especial cariño los dulces que desde su casa le mandan. Los testimonios de su entrega y alegría entre las niñitas son elocuentes. Asimismo, cuando encuentra en el camino a la iglesia a niños harapientos tiritando de frío y con hambre, se les acerca, los invita a su casa a tomar desayuno. Es así como aparece Juanito, un niño de casi 10 años, que viene escapando de una tienda con una tela robada. Juanita con autoridad y cariño lo persuade para que devuelva la tela. Lo acoge como si fuera su hermano pequeño. Lo prepara para la primera comunión, con sus ahorros le compra sus primeros zapatos; le enseña a leer y a prepararse para enfrentar el mundo. Consagra su pobre hogar al Sagrado Corazón. Intenta alejar al padre del alcoholismo y aconseja a la mamá para que guíe por el camino del bien a su hijo. “No es el único niño que socorre –dirá Lucho en el Proceso– pero en él vio a todos los niños desvalidos del mundo”.

Las escasas hectáreas de Chacabuco que ha podido conservar doña Lucía han sido subastadas. “Todos estábamos abrumados –declarará Lucho– por perder la gran riqueza de los Solar. Sin embargo, Juanita era la única serena y nos consolaba a todos, especialmente a mi padre. Lo mejor lo dejaba a nosotros y ella se quedaba con las cosas más modestas”. Con cariño, pero a la vez con firmeza, Juanita le repite una y otra vez a su madre: “Mamacita, no se lamente, ofrézcaselo a Dios”.

Otra de sus amigas dirá: “A pesar de que sentía pena por lo que sufrían los demás integrantes de la familia, Juanita se conformó fácilmente... Vio la mano de Dios para que supiera desprenderse de los bienes materiales...

Por su parte, escribe en su diario: “¿Para qué apegarme a cosas transitorias que no me llevan a Dios que es mi fin? ... No me importa la pobreza, los desprecios, pues esto me lleva a Ti... Todo lo que el mundo estima no vale nada”.

Asombra el equilibrio de Juanita para unir y vivir lo divino con lo humano con una naturalidad abismante. Amistosa, alegre, entretenida, abordable, sencilla; excelente deportista, amante de la natación, las cabalgatas y el tenis. Amante de la música, de la literatura, del arte y la belleza natural. “Todo lo que veo me lleva a Dios. El mar en su inmensidad me hace pensar en Dios... En su infinita grandeza... Cuando pienso que cuando sea carmelita, si Dios lo quiere, tengo que abandonar todo esto, le digo a Nuestro Señor que toda la belleza, lo grande lo encuentro en Él”.

Un nuevo dolor la golpea fuertemente: otra gran prueba. Como se casará Lucita, quien llevaba la casa en lugar de su cansada madre, doña Lucía sin grandes explicaciones la retira del colegio antes de terminarlo. La pena de Juanita es indescriptible. Hacía tiempo se había encariñado con el Internado, con sus maestras y compañeras, con las niñas que catequizaba los sábados y además, como es lógico, quería terminar el último año y graduarse. Sin embargo, no le queda más que obedecer, pues su madre está deteriorada de tanto luchar. Es elocuente la carta que le escribe al Padre José Blanch, asuncionista, en donde le cuenta el estado de su alma y su nueva vida, que la percibe como un anticipo de la obediencia que deberá practicar y vivir en el Carmelo:

Créame, Rdo. Padre, que me ha servido de preparación para mi vida religiosa. Mi mamá me manda constantemente y me reprende cuando no hago las cosas bien. Y muchas veces sin motivo. No tengo cómo agradecérselo a N. Señor, pues así se lo inspira a mi mamá para que viva siempre en la cruz que es prenda de su amor. ¡Cuánto me cuesta a veces callarme. Y cuando contesto, me he propuesto besar el suelo para humillarme y pedirle perdón a mi mamá. También me esfuerzo en obedecer aún a mis inferiores, como obedecía N. Señor en Nazaret. Quiero asimismo que nadie sospeche que ciertas cosas a veces me son ocasión de sacrificio, mostrando mi buena voluntad para todo. Y como yo no lo manifiesto, todos creen tener derecho para exigir de mí lo que les agrada. A veces siento sublevarse todo mi ser dentro de mí misma, pero pienso que es el único medio de ser santa, y que por el amor a N. Señor se puede, y soporto todo. De esta manera me abandono a la voluntad de Dios, pues, como Él me ama, elige para mí lo que me conviene...”.

La Virgen María, su confidente y amiga, a la que siempre invoca e intenta imitar, será su gran apoyo en esta nueva etapa de servicio en su hogar. Servir como Ella lo hacía, ayudar y socorrer como lo hizo con su prima Isabel. Ella la consolará en este nuevo desafío, nada de fácil.

Por otra parte, don Miguel económicamente va de mal en peor. Hace tiempo se han cambiado a otra casa del centro de Santiago, en la Calle Vergara. Esta vez no son dueños, sino arrendatarios del segundo piso de la casa, que tiene una escalera para bajar a un pequeño patio interior.

Juanita, en sus improvisadas libretas, algunas usadas para otros fines, escribía al correr de la pluma su acontecer cotidiano y cartas a sus amigas, sacerdotes confesores, guías espirituales y al Carmelo antes de entrar. Poco a poco, esas impresiones escritas al instante, no siempre con tinta, se fueron transformando en su propio Magníficat, contando las grandezas del Señor, las maravillas inmerecidas que en ella hacía, reconociendo a la vez con tanta naturalidad su pequeñez y su nada.

A Juanita se le va conociendo en la medida que se va asemejando a la Virgen María y a medida en que se va configurando con Cristo. Hay que leerla en clave de amor, porque a través de ella se descubre la acción de Dios. Es el amor de Dios quien se apodera de su alma y cómo ella se deja transformar y divinizar.

Gracias a estos escritos, que ella pidió que quemaran y por un malentendido no se hizo, podemos conocerla en profundidad y apreciar su camino hacia la santidad. Estos nos hacen quererla y admirarla, pero no tanto por su heroísmo sino por lo que tiene de Dios.

Resulta fácil darse cuenta de cómo va desapareciendo para dar cabida al esplendor de la imagen de Cristo, sin necesidad de anularse. Al mismo tiempo, la sed de almas de Cristo también la siente ella. Quiere que todos se salven sin excepción alguna.

Llama la atención que cuando tiene apenas 17 años entra a una asociación de Reparación Sacerdotal en donde se ora por los sacerdotes infieles, por los que han sucumbido a su voto de castidad, por los que se buscan a sí mismos endiosándose y no la gloria de Dios, y los que no cumplen con sus deberes sacerdotales. Ella, sin saber a ciencia cierta lo que significaba, infusamente lo entiende, lo considera necesario por ser miembro vivo y corresponsable de la Iglesia Universal. Para ello hace sacrificios y mucha oración, asiste a la adoración del Santísimo en la Gratitud Nacional en donde rezaban por la Reparación Sacerdotal.

En una carta, dirigida a una amiga de su madre, escribe: “Mucho le agradecería me enviara una amplia explicación de la Reparación Sacerdotal; pues, aunque ya pertenezco a ella, sin embargo, no me lo han explicado muy bien. Y yo, como deseo ser carmelita –la cual se propone rogar por los sacerdotes–, tengo verdaderos deseos de llenarme por completo del espíritu de reparación, ya que creo le agradará a N. Señor, pues sufre tanto por las ofensas de aquellos que, llamados a ser sus verdaderos e íntimos amigos, muchas veces lo olvidan y lo olvidan. ¡Cuántas veces he sentido en el fondo de mi alma, al ver sacerdotes indignos de tal nombre, mucha pena! Y mucho tiempo atrás ofrecía una vez a la semana, la comunión y la Misa para rogar y reparar por ellos”.

Desde muy pequeña Juanita ha participado en cuerpo y alma en las misiones de Chacabuco, después en Cunaco y más tarde en San Pablo de Loncomilla. Cuando estuvo veraneando en Algarrobo, salía a las caletas a buscar a los hijos de los pescadores para enseñarles a querer a Jesús y a la Virgen María y así prepararlos para la primera comunión.

Sentía que a Él debía acercar las almas, manifestándoles la inmensa alegría que significa conocerlo y amarlo. Teresa de Los Andes fue un apóstol del Señor, una verdadera misionera en todo el sentido de la palabra, conquistando a las almas por “el apostolado y la oración”.

Sin embargo, el gran apostolado que ejerció en el mundo, sin ella misma darse cuenta, fue el ejemplo de su propia vida, vida de alegría, de generosidad, responsabilidad, amor, fidelidad, correspondencia a la voluntad de Dios, como católica y miembro activo de la Iglesia; como chilena comprometida con su patria y los que sufren, como hija, hermana, amiga, alumna y luego dueña de casa.

Su sentido eclesial va ampliándose, se desborda de tal manera que desea abarcar a toda la humanidad. El Señor la quiere en un pobre y lejano monasterio de carmelitas descalzas de Los Andes. Y allí va Juanita, convirtiéndose en Teresa de Jesús, para “vivir espiritualmente unida al mundo entero... y santificarse a sí misma para que la savia divina se comunique, por la unión que existe entre los fieles, a todos los miembros de la Iglesia”.

Su madre, doña Lucía, es la primera en admirarse de la alegría de Teresa en el Carmelo. Gracias a ella abandona la creencia del Juez castigador porque va descubriendo al Dios Amor, a Dios Padre y Amigo, al Dios Misericordioso que se comunica y se da; el mismo Señor que se manifiesta en su hija. Al Dios que es “alegría infinita”, que transforma todos los temores en el más puro amor y confianza y en “una ternura que no conoce término”.

También Rebeca, la hermana menor, la que no puede comprender cómo ella quiere tanto al Señor y consagrarse para siempre a Él, “cuando no recibe ninguna muestra de cariño exterior”, va descubriendo, guiada por las cartas de Teresa y por la alegría que percibe en su nuevo estado, que “Dios demuestra su amor mucho más que todas las criaturas y que a cada instante se reciben muestras de su amor infinito”. Teresa lo vive de tal manera que es imposible dejar de percibirlo detrás de las rejas y sus escritos, que meses después de su muerte entra al Carmelo, al mismo monasterio de Los Andes.

Los santos para que sean tales, arrastran a muchas almas a Dios. Teresa fue el instrumento del Señor para despertar vocaciones religiosas entre sus amigas. Varias de ellas la imitaron y consagraron su vida al Señor.

Es Jesús quien se encarna en Teresa de Los Andes para llamar ahora a los jóvenes por su nombre, para decirles que vayan a Él “como el amigo más íntimo y contarle todo lo que pasa por sus almas”.

En 11 meses llegará a las cumbres del Amor guiada por María, la Madre de Dios, para configurarse con Cristo por toda la eternidad. El largo camino de la santidad lo había recorrido en el mundo entre los suyos. En el Carmelo, el Señor terminó de perfeccionarla y purificarla.

Ana María Risopatrón

viernes, 6 de junio de 2025

Los Santos y el Rosario: San Marcelino Champagnat y mejorar la relación con María

 

Del sitio Aleteia:

La santísima Virgen María fue gran protectora de muchos santos, y san Marcelino de Champagnat puede enseñarnos cómo ser más cercanos a ella, para amarla más

La santísima Virgen María es camino seguro para llegar a Jesús, por eso los santos se han encomendado a su cuidado y protección, sabedores de que les concedería muchas gracias para su santificación. San Marcelino Champagnat puede ayudarnos a mejorar nuestra relación con Ella.

A pesar de que su educación fue precaria, pues a los 14 años apenas sabía leer y escribir, no podía decirse lo mismo de su fe porque su familia era profundamente cristiana. Por eso se entiende bien que, una vez ordenado sacerdote, se interesara en que los niños y jóvenes recibieran una adecuada instrucción religiosa.

Al formar su congregación, toma el nombre de "Hermanitos de María" o "Hermanos Maristas"; y por su honda devoción a la Virgen María, siempre la nombraba la "Buena Madre", "Recurso Ordinario" y "Primera Superiora".

Estos consejos del santo te ayudarán a acercarte más a María santísima y amarla como a tu verdadera Madre.

1. Difunde su devoción

Cuando conocemos a una persona que nos interesa, hablamos mucho de ella. Conocer a la santísima Virgen María, primero desde el Evangelio, y luego por sus apariciones y las experiencias de los santos y videntes, te ayudará a amarla y difundir su devoción.

Esto es lo que te aconseja san Marcelino: "La devoción a María gusta de difundirse, y quien no intenta comunicarla y tiene poco entusiasmo por extender y propagar el culto de la Virgen, demuestra que carece de tan preciosa devoción".

2. Conságrate a María

No hay santo más poderoso que María santísima, y la razón es simple: nada puede negarle su amadísimo Hijo Jesús. Escucha al santo Champagnat: "María no se queda con nada: cuando la servimos, cuando nos consagramos a ella, nos recibe para entregarnos a Jesús y llenarnos de Jesús".

3. Acude a ella como a tu "Recurso Ordinario"

La Virgen santísima siempre está dispuesta a escuchar a quienes acuden a Ella en sus penas y aflicciones, por eso, recurrir a su influencia debe ser un acto ordinario, como decía san Marcelino: "Ya saben a quién hemos de pedir esas gracias, a nuestro Recurso Ordinario. No temamos acudir a ella demasiado a menudo, pues su bondad y poder no tienen límites, y el tesoro de sus regalos es inagotable".

4. Ora y ponte en sus manos

Y si deseas comunicarte con ella con una oración sencilla, aprende de memoria la jaculatoria preferida de san Marcelino Champagnat, que da testimonio de su inmensa fe en Dios y confianza en la Virgen María: "Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús".

26 noviembre 2024

 

viernes, 9 de mayo de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Luisa de Marillac


Del sitio Compañía Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul:

No pensó en nada más que en su rosario, tan gastado como el delantal azul que junto a ella recorre los pasillos del “Hogar”. No pensó en nada más, solamente en las cuentas rosas enredadas en sus dedos. No pensó en cómo sería su caída, luego de tropezar en las escaleras hacia el patio del “Hogar”. Incluso le dio lo mismo si las asistentes de la cocina aún no llegaban, después de todo aprendió a cocinar en el noviciado. En verdad, sus cuentas palo de rosa y la constante imagen del Nazareno clavado en la Santa Cruz fueron su consuelo en aquel momento: ¡qué más dan las llagas de esta vida de servicio! si el Ángel Custodio permanece junto al Santísimo velando por mis caídas, mis derrotas, alegrías y anhelos. Ella cae por las escaleras, su mano derecha aprieta el rosario y su corazón se abre a la Providencia.

Caerá, morirá y por misericordia será otra vez. Se levantará del suelo y su rosario estará aún entre sus dedos. Simplemente "porque para mí –como les decía san Pablo a los cristianos de Filipo– "el vivir es Cristo y el morir es ganancia" (Filipenses 1:21). Caer en Cristo es vida, muerte y resurrección, y otra vez, vida y muerte y resurrección; así a cada hora de la jornada de servicio y oración vicentina.

 No dejar de orar durante la jornada de servicio en una Hija de la Caridad, es lo mismo que rezar siete veces al día la angélica y humana liturgia del Pueblo de Dios en un coro de consagrados. Esto último, porque trabajo y oración caminan codo a codo por el sendero de la esperanza y del amor más caritativos, renovados en la acción cotidiana de la fe. Esta obviedad teologal, nos llevan juntos y juntas, como pueblo, a la contemplación plena del rostro de Cristo pobre en los sin prosperidad, en los sin futuro, en los marginados y excluidos desde la opción por la entrega y búsqueda diarias.

Sobre lo anterior, santa Luisa de Marillac ruega a sus hermanas que por el mero hecho de amar a Jesús, “se renueven en su resurreción y reciban la paz que tantas veces nos dio en la persona de sus apóstoles” (Correspondencia 191). Pero no, por cierto, en esa suerte de oración estática, “sino en el trabajo y recuerdo de las llagas que por nosotros padeció; enseñandonos así que no podremos tener paz con Dios, con el prójimo y con nosotras mismas si Jesucristo no nos la da, y que no la dará sino por los méritos de sus llagas y sufrimientos, los que no nos serán nunca aplicados sin la mortificación de nosotros mismos, que adquiriremos imitándole en el cumplimiento de la voluntad de Dios” (Idem).    

Sin más claustro que las grietas de un rostro anciano por recorrer, sin más celda que la premura por el hambre de un pequeño, ni más Oficio Divino que una jaculatoria o el susurro mascullado de los Misterios del Santo Rosario, la “oración en servicio” de las hermanas de la Compañía de las Hijas de la Caridad se descubre como permanente entrega y memoria del Dios en el caminar del Buen Samaritano: misericordia y ternura, actitud orante y servicio efectivo.   

martes, 18 de febrero de 2025

Los Santos y el Rosario: Santa Bernardette Soubirus

 

Del sitio Religión en Libertad:

El estudio de la Positio, documentación recogida para el proceso de canonización de Bernadette, la santa vidente de Lourdes, refleja la unánime consideración de quienes convivieron con ella sobre la pureza de sus intenciones a lo largo de toda su posterior vida religiosa. Así lo recoge un artículo publicado en el portal mariano Cari Filii:¿Cuáles fueron las motivaciones de Santa Bernadette Soubirous (1844-1879) después de las 18 apariciones de la Virgen que recibió en Lourdes entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858? En la Positio, colección de documentos para su beatificación y canonización, todos los testigos señalaron dos: glorificar con su vida a Nuestra Señora y hacer penitencia y oración por la conversión de los pecadores. 

"Mi única ambición es ver a la Virgen Santísima glorificada y amada", le oyó decir Maria Bordenave, quien añadió que "sus palabras, sus gestos, sus miradas, sus actitudes respiraban su amor y su devoción a la Reina del cielo". Otra testigo, Marta de Rais, recuerda que "su devoción hacia ella se manifestaba en la oración. ¡Había que oírle recitar el Avemaría! ¡Qué acento de piedad, sobre todo cuando pronunciaba estas palabras: '¡Pobres pecadores!'". (El Avemaría, en francés, incluye ese "pobres" que no existe ni en latín ni en español.)

En el abril del centenario de las apariciones, la Revista de Espiritualidad de los carmelitas publicó un número especial en el que el padre José Vicente de la Eucaristía, OCD, tras un estudio pormenorizado de la Positio, concluía que todos los que depusieron en la causa, "sin excepción", hablaron de su "fervoroso y continuo rezo del santo rosario; era su libro y su arma".

Carlota Ramillon cuenta incluso un hecho significativo sobre la forma en la que lo hacía en el convento de Nevers, adonde había llegado en 1866 para allí ingresar en la Congregación de las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana y no regresar jamás a Lourdes: "Tenía una piedad tierna y filial a María; ésta se manifestaba sobre todo en el rezo del rosario. Se encerraba en su velo; muchas veces yo hacía señas a su vecina para que alzase dulcemente el velo de Bernardita y pudiéramos contemplarla a nuestro sabor mientras rezaba. En cierta ocasión, preguntada por qué calaba el velo de aquel modo sobre su rostro, respondió: 'Es mi pequeña capilla; estoy mejor encerrada en mí'".

Esa forma en la que pronunciaba el "pobres pecadores" es una prueba de su cumplimiento de su segunda misión: que se volviesen a Dios quienes Le hubiesen dado la espalda. "La conversión de los pecadores era la gran preocupación de su vida", afirmó la madre Josefina Forestier.

Quien mejor podía saberlo, el padre D. Febvre, capellán del convento de Nevers, decía lo mismo: "Bernardita tenía la misión de vivir en su vida religiosa las enseñanzas oídas en Lourdes de labios de la Inmaculada: hacer penitencia, orar, mortificarse, sufrir por los pecadores. A mi modo de ver, ella realizó esta vocación: primero, por el sufrimiento físico, que no la abandonaba casi nunca; segundo, por el sufrimiento moral; tercero, por el sufrimiento espiritual".

Santa Bernadette tuvo siempre muy mala salud, con asma crónica y vómitos de sangre, a los que añadir palpitaciones, reumatismo, caries (sufrimiento físico)... A esto se sumaron la excesiva severidad de sus superioras al juzgarla y dirigirla (sufrimiento moral), y una continua inquietud respecto a si estaba siendo fiel a las gracias recibidas (sufrimiento espiritual). Si alguien comentaba ante ella que tenía asegurada la vida eterna, siempre cortaba por lo sano: "Sí, sí... pero si me porto bien y cumplo fielmente con mi misión y sigo mi camino".

Alguien que había recibido del cielo dones tan señalados como recibir y transmitir unas palabras de la Madre de Dios, tenía claro el riesgo de la vanidad: "Bastaría un pensamiento de orgullo para hacerme perder el cielo que la Virgen me tiene prometido", declaró una vez.

Cumplir fielmente su misión fue, para la vidente de Lourdes, inmolarse por la conversión de los pecadores: "Ofrecía por ellos sus sufrimientos, sus Via Crucis, todos sus sacrificios... Hubiera querido convertir a todos los pecadores del mundo", declaró en la Positio el canónigo Auguste Perreau. El teólogo censor de la causa de beatificación no dudó en afirmar al examinar toda la documentación que en su vida se revelaba "su deseo de ganar las almas a Cristo y de arrastrarlas a la imitación de las virtudes de la Madre de Dios, del mismo modo que ella se propuso como modelo a la Señora".

Pero lo que realmente dolía al alma de Bernadette era lo que sus biógrafos llaman "nostalgias del cielo", que ella misma transmitió a una niña de cinco años que se acercó a su cama durante una de sus enfermedades y le preguntó si la Virgen era hermosa: "¡Oh, sí, angelito mío: tan hermosa, que una vez que se la ha visto, no se desea sino morir para verla de nuevo!"

 

viernes, 31 de enero de 2025

Lo Santos y el Rosario: Don Bosco, la serpiente y el Rosario

 


Del sitio Boletín Salesiano On Line:

El 20 de agosto de 1862, después de rezadas las oraciones de la noche y de dar unos avisos relacionados con el orden de la casa, dijo don Bosco:

– Quiero contaros un sueño que tuve hace algunas noches. (Tal vez se trate de la precedente a la festividad de la Asunción de María Santísima).

Soñé que me encontraba en compañía de todos los jóvenes en Castelnuovo de Asti, en casa de mi hermano. Mientras todos hacían recreo, vino hacia mí un desconocido y me invitó a acompañarle. Le seguí y me condujo a un prado próximo al patio y allí me señaló entre la hierba una enorme serpiente de siete u ocho metros de longitud y de un grosor extraordinario. Horrorizado al contemplarla, quise huir.

– No, no, me dijo mi acompañante; no huya; venga conmigo y vea.

– ¿Y cómo quiere, respondí, que yo me atreva a acercarme a esa bestia?

– No tenga miedo, no le hará ningún mal; venga conmigo.

– ¡Ah! exclamé; no soy tan necio como para exponerme a tal peligro.

– Entonces, continuó mi acompañante, aguarde aquí.

Y seguidamente fue en busca de una cuerda y con ella en la mano volvió junto a mí y me dijo:

– Tome esta cuerda por una punta y sujétela bien; yo agarraré el otro extremo y me pondré en la parte opuesta y así la mantendremos suspendida sobre la serpiente.

– Y después?

– Después la dejaremos caer sobre su espina dorsal.

– ¡Ah! No; por favor. ¡Ay de nosotros si lo hacemos! La serpiente saltará enfurecida y nos despedazará.

– No, no; déjeme a mí, añadió el desconocido, yo sé lo que me hago.

– No, de ninguna manera; no quiero hacer una experiencia que me pueda costar la vida. Y ya me disponía a huir. Pero él insistió de nuevo, asegurándome que no había nada que temer; que la serpiente no me haría el menor daño. Y tanto me dijo, que me quedé donde estaba, dispuesto a hacer lo que me decía. El, entretanto, pasó al otro lado del monstruo, levantó la cuerda y con ella dio un latigazo sobre el lomo del animal. La serpiente dio un salto volviendo la cabeza hacia atrás para morder el objeto que la había herido, pero en lugar de clavar los dientes en la cuerda, quedó enlazada en ella como por un nudo corredizo. Entonces el desconocido me gritó:

– Sujete bien la cuerda, sujétela bien, que no se le escape. Y corrió a un peral que había allí cerca y ató a su tronco el extremo que tenía en la mano; corrió después hacia mí, tomó la otra punta y fue a amarrarla a la reja de una ventana de la casa. Entretanto la serpiente se agitaba, movía furiosamente sus anillos y daba tales golpes con la cabeza y anillos en el suelo, que sus carnes se rompían saltando a pedazos a gran distancia. Así continuó mientras tuvo vida; y, una vez que hubo muerto, no quedó de ella más que el esqueleto descarnado.

Entonces, aquel mismo hombre desató la cuerda del árbol y de la ventana, la recogió, formó con ella un ovillo y me dijo:

– ¡Preste atención!

Metió la cuerda en una caja, la cerró, y después de unos momentos, la abrió. Los jóvenes habían acudido a mi alrededor. Miramos el interior de la caja y quedamos maravillados. La cuerda estaba dispuesta de tal manera que formaba las palabras: ¡Ave María!

– Pero ¿cómo es posible?, dije. Tú metiste la cuerda en la caja a la buena de Dios y ahora aparece de esa manera.

– Mira, dijo él; la serpiente representa al demonio y la cuerda el Ave María, o mejor, el Rosario, que es una serie de Ave María con el cual, y con las cuales se puede derribar, vencer, destruir a todos los demonios del infierno.

– Hasta aquí, concluyó don Bosco, llega la primera parte del sueño. Hay otra segunda parte más interesante para todos. Pero ya es tarde y por eso la contaremos mañana por la noche. Entretanto, tengamos presente lo que dijo mi amigo respecto al Ave María y al Rosario. Recémosla devotamente ante cualquier asalto de la tentación, seguros de que saldremos siempre victoriosos. ¡Buenas noches!

Al llegar aquí séanos permitido hacer algún comentario, ya que don Bosco no dió ninguna interpretación a esta escena.

El peral que aparece en el sueño es el mismo al que don Bosco niño amarrara una cuerda asegurando el otro extremo de la misma a otro árbol poco distante, para entretener con juegos de destreza a sus paisanos, obligándoles de esta manera a escuchar sus lecciones de catecismo. Nos parece poder comparar este peral con aquel árbol del cual se lee en el "Cantar de los Cantares", capítulo II, versículo 3: Sicut malus inter ligna silvarum, sic dilectus meus inter filios. (Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi Amado entre los mozos). El comentarista Tirino y otros renombrados intérpretes de la Sagrada Escritura hacen notar que el manzano representa aquí a cualquier árbol frutal. Dicha planta, productora de una sombra agradable y salutífera, es símbolo de Jesucristo, de su cruz, de la virtud de la cual dimana la eficacia de la oración y la seguridad de la victoria. ¿Será éste el motivo por el que un extremo de la cuerda, fatal para la serpiente, fue atada al peral? Y la otra punta, amarrada al enrejado de la ventana, podría simbolizar que al morador de aquella casa y a sus hijos les había sido confiada la misión de propagar el Rosario por todas partes.

Así parece que lo comprendió don Bosco.

En I Becchi instituyó la fiesta anual del Santo Rosario; quiso que los alumnos de sus casas rezasen todos los días la tercera parte del mismo; en sus pláticas y mediante la publicación de numerosos folletos, procuró resucitar esta devoción en el seno de la familia. Defendía siempre que el Rosario era un arma capaz de proporcionar la victoria, no sólo a los individuos, sino a toda la Iglesia. Por eso sus discípulos publicaron todas las encíclicas de León XIII sobre esta oración tan del agrado de María; y con el Boletín Salesiano animaron al cumplimiento de los deseos del Vicario de Jesucristo.

Reverendísimo Padre (don Miguel Rúa):

            A mi regreso a Roma, después del Congreso Eucarístico de Nápoles, veo con mucho agrado que la exhortación dirigida a los párrocos en el Boletín Salesiano comienza a producir sus frutos. Doy por ello las gracias a V.S. Rdma. y le aseguro que ha realizado una obra muy grata al Santo Padre, el cual desea muchísimo se mantengan vivas sus encíclicas sobre el Rosario mediante la creación de la Cofradía del mismo título.

            A los sentimientos de gratitud, añado además una súplica; y es que, de cuando en cuando, renueve con breves líneas su recuerdo a párrocos y rectores de iglesias, para que el olvido no les haga perder de vista la fundación de la Cofradía del Santo Rosario.

            Dios ayude siempre a V.S. Rdma. de quien me profeso.

            Seguro servidor en Jesús y María.

            Roma, Palacio del Santo Oficio. 27 de noviembre de 1891.
           
Fr. VICENTE LEON SALLUA
            Arzobispo de Calcedonia

Al día siguiente, 22 de agosto, le rogamos insistentemente que si no quería hacerlo en público, al menos nos contase en privado la segunda parte del sueño. Se resistía a condescender con nuestros deseos, más después de reiteradas súplicas accedió y nos aseguró que por la noche continuaría el relato. Así lo hizo. Rezadas las oraciones, continuó:

– Dadas vuestras continuas peticiones, narraré la segunda parte del sueño. Si no todo, al menos os diré lo que puedo referiros. Pero antes es necesario que os ponga una condición, a saber, que nadie escriba ni diga fuera de casa lo que voy a contar. Comentadlo entre vosotros, tomadlo a risa si queréis, haced lo que os plazca, pero sólo entre vosotros.

Mientras hablábamos aquel personaje y yo, sobre el significado de la cuerda y de la serpiente, me volví hacia atrás y vi algunos jóvenes que recogían pedazos de carne de la serpiente y se los comían. Entonces les grité inmediatamente:

– Pero ¿qué es lo que hacéis? ¡Estáis locos! ¿No sabéis que esa carne es venenosa y que os hará mucho daño?

– No, no, me respondían los muchachos; está muy buena.

Pero, después de haberla comido, caían al suelo, se hinchaban y se tornaban duros como una piedra. Yo no sabía qué hacer, porque a pesar de aquel espectáculo, cada vez era mayor el número de los que comían de aquellas carnes. Yo gritaba a uno y a otro; daba bofetadas a éste, un puñetazo a aquél, intentando impedir que comiesen; pero era inútil. Aquí caía uno, mientras allá comenzaba otro a comer. Entonces llamé a los clérigos en mi auxilio y les dije que se mezclasen entre los jóvenes y se industriasen de manera que ninguno comiese aquella carne. Mi orden no tuvo el efecto deseado, sino que algunos de los mismos clérigos se pusieron también a comer carne de la serpiente y cayeron al suelo igual que los demás. Yo estaba fuera de mí, al ver a mi alrededor a tan gran número de muchachos tendidos por tierra en el más miserable de los estados.

Me volví entonces al desconocido y le dije:

– Pero ¿qué quiere decir eso? Estos jóvenes saben que esa carne les ocasiona la muerte, y con todo la comen. ¿Cuál es la causa?

El me contestó: -Ya sabes queanimalis homo non percipit ea quae Dei sunt: (el hombre animal no capta las cosas del espíritu de Dios 1 Corintios 2,14)

– Pero no hay remedio para que esos jóvenes vuelvan en sí?

– Sí, que lo hay.

– Y cuál sería?

– No hay otro más que el yunque y el martillo.

– El yunque? ¿El martillo? ¿Y cómo hay que emplearlos?

– Hay que someter a los jóvenes a la acción de entrambos instrumentos.

– Cómo? ¿Acaso debo colocarlos sobre el yunque y luego golpearlos con el martillo?    

Entonces aquél explicando su pensamiento, dijo:

– Mira: el martillo significa la Confesión; el yunque, la Comunión; hay que usar estos dos medios. Puse manos a la obra y comprobé que los indicados eran unos remedios eficacísimos, mas no para todos. Muchísimos recuperaban la vida y curaban, pero el remedio era inútil para algunos. Estos son los que no se confesaban bien.

Cuando los jóvenes se retiraron a los dormitorios -continúa Provera-, pregunté a don Bosco por qué su orden a los clérigos, para que impidiesen a los muchachos comer la carne de la serpiente, no había conseguido el efecto deseado. Y me respondió:

– No todos obedecieron; por el contrario, vi a algunos de los clérigos, como ya dije, que también comían de aquella carne. 

Estos sueños representan, en resumidas cuentas, la realidad de la vida. Con las palabras y con los hechos don Bosco refleja el estado interior de una, de cien comunidades en las que, en medio de grandes virtudes, también existen miserias humanas. Y no hay que maravillarse de ello, tanto más que el vicio, por su propia naturaleza, tiende a expandirse más que la virtud, de donde nace la necesidad de una vigilancia continua.

Alguien podrá objetar que habría sido más conveniente atenuar u omitir alguna descripción un tanto enojosa, pero nuestro parecer no es el mismo. Si la historia ha de cumplir su noble oficio de maestra de la vida, debe describir el pasado tal y como fue en realidad, para que las generaciones futuras puedan animarse ante el ejemplo del fervor y de la virtud de los que les precedieron y, al mismo tiempo, conocer sus faltas y errores, deduciendo de ellos la prudencia con que debe regular los propios actos. Una narración que sólo presentase un lado de la realidad histórica, conduciría irremisiblemente a un falso concepto de la misma. Errores y defectos, repetidas veces cometidos, al no ser reconocidos como tales, volverían a ser causa de nuevas transgresiones sin gran esperanza de enmienda. Una mal entendida apología de nada sirve a los benévolos, ni convierte a los mal dispuestos; en cambio, una franqueza ilimitada engendra crédito y confianza.

Por tanto, nosotros, al exponer nuestra manera de pensar diremos, además, que don Bosco dio al sueño las explicaciones más adecuadas para las inteligencias de los jóvenes, dejando entrever otras de no menor importancia. No las presentó con toda claridad, porque no creyó llegado el momento oportuno para hacerlo. En efecto: vemos que en lo sueños habla no solamente del presente, sino también del porvenir lejano, como sucede en el de la Rueda y en otros que iremos exponiendo. Las carnes podridas del monstruo no podrían significar el escándalo que hace perder la fe; ¿la lectura de los libros inmorales, irreligiosos? ¿Qué indican la desobediencia al Superior, la caída al suelo, la hinchazón, la dureza de los miembros, sino la culpa, la soberbia, la obstinación en el mal, la malicia?

El veneno es el mismo con que ha contaminado aquella comida maldita el dragón descrito por Job en el capítulo XLI, que aseguran los Santos Padres ser figura de Lucifer. El versículo 15 de dicho capítulo, dice así: Su corazón es duro como roca. Y así se trueca el corazón de los miserables envenenados en rebelde y obstinado en el mal. -Y cuál será el remedio contra tal dureza? Don Bosco emplea un símbolo un tanto oscuro, pero que señala un remedio sobrenatural. A nosotros se nos ocurre esta explicación: es necesario que la gracia preveniente, obtenida mediante la oración y con los sacrificios de los buenos, encienda los corazones endurecidos y los haga maleables; se necesita que los dos sacramentos, es decir, el martillo de la humildad que golpea y el yunque de la eucaristía sobre el que recibe una forma constante y artística, para ser después enfriado, ejerzan su eficacia divina y concurran a realizar la obra de templar un corazón llagado y dócil a la par. Será entonces cuando éste, rodeado de un nimbo de espléndidos rayos de luz, vuelva a ser lo que fuera en otro tiempo.

Así expresada nuestra idea, volvemos a las crónicas. Con la protección de María Santísima, don Bosco estaba seguro de recibir y vencer los ataques del enemigo infernal y, en consecuencia, preparaba a sus alumnos para la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios. El 29 de agosto dio la primera florecilla y otras cinco en las noches sucesivas. Bonetti las escribió.

            1.ª Hagamos todo un esfuerzo para pasar esta novena sin cometer pecado alguno, ni mortal ni venial,

            2.ª Dar un buen consejo a un amigo. En la noche siguiente lo dio él a todos en general y dijo que nos hiciésemos generosa violencia para corregir nuestros malos hábitos mientras somos jóvenes; y que tuviésemos con los superiores gran confianza, lo mismo para las cosas del alma que para las cosas del cuerpo.

            3.ª Pensar si sería bueno hacer una confesión general, y esto para los que aún no la han hecho; los que ya la hicieron, rezar un acto de contrición por todos los pecados de la vida pasada.

            4.ª Nos contó lo que una vez dijo don José Cafasso a un comerciante que le preguntó qué era lo que más le gustaba a la Virgen. Replicóle él:

            – Qué es lo que más gusta a las madres?

            El otro contestó:

            – A las madres les gusta mucho que se acaricie a sus hijos.

            – Bravo, respondió don José Cafasso, has contestado bien; si, por tanto, quieres hacer algo muy agradable a la Virgen, haz muchas caricias a su Divino Hijo Jesús; primero, con una santa comunión, y después, teniendo lejos de tu corazón toda clase de pecado, aunque sólo sea venial. Así dijo don José Cafasso y lo mismo os digo yo a vosotros.

jueves, 24 de octubre de 2024

Los Santos y el Rosario: San Antonio María Claret: hijo predilecto de la Virgen

 Del sitio Fundación Cari Filii:

Cada 24 de octubre, la Iglesia celebra la fiesta de San Antonio María Claret: santo español, fundador de los claretianos y muy ligado durante toda su vida a la devoción a la Virgen María. Obispo de Santiago de Cuba, murió desterrado en Francia después de una trayectoria vital dedicada a los demás.

Conocido por fundar la Sociedad de Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Virgen María -los claretianos- trabajó de modo admirable toda su vida por el bien de las almas. Al regresar a España, tuvo que soportar muchas pruebas por la Iglesia, muriendo desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, cerca de Narbona (Francia), en 1870.

Pero, si alguien estuvo presente en la vida de Claret esa fue la Virgen. María era para él la estrella que le guiaba en su vida. Siempre la visitaba en el altar de su parroquia y se imaginaba que sus oraciones subían al cielo por unos "hilos misteriosos". Le gustaba visitar a la Santísima Virgen en su santuario de Fussinmanya (Barcelona).

De niño, todos los días rezaba una parte del Santo Rosario y de mayor lo rezaba completo, los quince misterios todos los días. Era gran devoto del Santo Rosario hasta tal punto que la Virgen le dijo un día: "Tú serás el Domingo de estos tiempos. Promueve el Santo Rosario".

Antonio pasaba mucho tiempo frente a una imagen de la Virgen haciendo sus oraciones y rezos, y hablándole con cordialidad y confianza, porque estaba convencido de que la Santísima Virgen lo escuchaba.

En obsequio a la Virgen María se abstenía no sólo de pecados mortales, sino hasta de veniales, de faltas e imperfecciones, y aún se abstenía de cosas lícitas, solo para mortificarse y abstenerse de alguna cosa en obsequio a María Santísima.

Decía Claret: "Ya veis cuanto importa ser devoto de María Santísima. Ella os librará de males y desgracias de cuerpo y alma. Ella os alcanzará los bienes terrenales y eternos.  Rezadle el Santo Rosario todos los días con devoción y fervor y veréis como María Santísima será vuestra Madre, vuestra abogada, vuestra medianera, vuestra maestra, vuestro todo después de Jesús".

En otro lado dice: "Ni en mi vida personal, ni en mis andanzas misioneras podía olvidarme de la figura maternal de María. Ella es todo corazón y toda amor. Siempre la he visto como Madre del Hijo amado y esto la hace Madre mía, Madre de la Iglesia, Madre de todos. Mi relación con María siempre ha sido muy íntima y a la vez cercana y familiar, de gran confianza".

"Yo me siento formado y modelado en la fragua de su amor de Madre, de su Corazón lleno de ternura y amor. Por eso me siento un instrumento de su maternidad divina. Ella está siempre presente en mi vida y en mi predicación misionera. Para mí, María, su Corazón Inmaculado, ha sido siempre y es mi fuerza, mi guía, mi consuelo, mi modelo, mi Maestra, mi todo después de Jesús», añadía el santo.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los Santos y el Rosario: San Pío de Pieltrecina

Del sitio Formación Católica:

El Padre Pío era un enamorado del rezo del Santo Rosario. Que también nosotros aprendamos el valor tan inmenso que tiene el rezo de esta oración tan sencilla y poderosa. El rezo del Rosario es uno de los signos más elocuentes de nuestro amor a la Santísima Virgen.

El amor entrañable del Padre Pío a la Virgen se expresaba de modo particular por el rezo del Santo Rosario. Él siempre llevaba un rosario enrollado en la mano o en el brazo, como un arma contra toda clase de enemigos. Lo rezaba continuamente. En una nota, dejó escrito: "Diariamente recitaré no menos de cinco rosarios completos".

En cierta ocasión visitaba a San Pío de Pietrelcina el obispo Pablo Corta, juntamente con un amigo suyo, oficial del ejército italiano. El obispo le pedía, bromeando, al Padre Pío, un billete de entrada al Paraíso para el militar…

El Padre Pío, le respondió, sonriente: "-¡Ah! ¡Sí, sí!… Con mucho gusto… Para entrar en el Paraíso se requiere algo muy importante… Hay que contar con el billete de acceso a la Santísima Virgen. Si esto se consigue, lo hemos conseguido todo…Ella es la Puerta del Cielo… Y el billete que te permite el ingreso en el Cielo es el Santo Rosario… ¡Este es el billete!… ¡Toma, pues, toma el billete para entrar en el Cielo! " le dijo al militar, mientras con su mano le alargaba un rosario…

El Padre Pío consideraba a la Virgen Santísima especialmente como Madre,  la Madre de Jesús y después la Madre nuestra. Son miles las veces que el Padre Pío llama a María con el dulce nombre Madre: "mamma, mammina mia, mammina bella", etc.

Decía: "¡cuántas veces he confiado a esta Madre las penosas ansias de mi corazón agitado y cuántas veces me ha consolado en mis grandes aflicciones. Al no tener ya madre en esta tierra de angustias, no puedo olvidar que tengo una muy amante y misericordiosa en el cielo. ¡Pobre madrecita mía, cuánto me quiere lo he llegado a comprobar muchas veces…!"

Con el rosario en la mano, pronunciando dulcemente los nombres de Jesús y María entregó su alma a Dios.

Cuando rezamos el Santo Rosario y contemplamos los misterios de gozo, de dolor y de gloria, revivimos los hitos más importantes y significativos de la historia de la salvación y recorremos las diversas etapas de la vida y misión de Cristo. Entonces, de la mano de María y penetrándonos de sus sentimientos, orientamos nuestro corazón hacia Jesús, poniéndolo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras actividades, de nuestros sufrimientos y alegrías, como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que Él hacía y decía.

La vida familiar es muy distinta cuando en el hogar se concluye la jornada rezando el Rosario.

En un mundo tan disperso y complicado como el nuestro, acuciados por las prisas, muchos cristianos difícilmente encuentran espacios para la oración personal serena y dilatada. Todos, sin embargo, niños y jóvenes, adultos y ancianos, y muy especialmente los enfermos, tenemos cada día mil oportunidades de practicar esta devoción, en casa, en la calle, camino del trabajo, en el coche o en el autobús. Qué bueno sería recuperar esta devoción también en las familias. Cuánta paz brotaría en las relaciones familiares, cuántas crisis se evitarían, cuántas quiebras de la unidad, cuánto dolor y cuánto sufrimiento. La vida familiar es muy distinta cuando en el hogar se concluye la jornada rezando el Rosario.

El Padre Pío era un enamorado del rezo del Santo Rosario. Que también nosotros aprendamos el valor tan inmenso que tiene el rezo de esta oración tan sencilla y poderosa. El rezo del Rosario es uno de los signos más elocuentes de nuestro amor a la Santísima Virgen.