Traducido del sitio Aleteia:
Hace unos años, una amable mujer evangélica que se había convertido en lectora habitual de mi blog me envió un correo electrónico.
Escribió que, después de varios años de leer blogs y redes sociales, ya no consideraba a los católicos como idólatras. Incluso se estaba convenciendo de que María, como Madre de Cristo, tenía un papel sustancial y esencial que desempeñar en la salvación del mundo y que, por lo tanto, merecía el homenaje correspondiente. "Sin embargo, sigo sin poder aprobar el rosario", escribió, "porque Jesús lo condenó en Mateo 6:7, cuando dijo: ‘… no usen repeticiones vanas, como hacen los paganos’".
Se preguntaba cómo es que nosotros, los católicos, podemos ignorar ese pasaje de las Escrituras.
Es una pregunta que surge repetidamente, sobre todo cuando los blogueros católicos escriben sobre la oración devocional, por lo que me dio gusto responderla. Creo que nuestros amigos evangélicos se tropiezan con la palabra "repetición" sin tomar debidamente en cuenta el calificativo "vana" (algunas traducciones la interpretan como repetición "sin sentido", o incluso "balbuceo").
Como judío practicante, dudo mucho que Jesús estuviera acusando a sus compañeros, o llamándolos paganos, cuando participaban en las oraciones repetitivas y la salmodia de su minyan. Además, en Getsemaní, Jesús repitió su propia oración tres veces. Una vez seguramente habría sido suficiente, pero la angustia de su propia mente y su parte humana necesitaban más; su oración repetida no fue ni balbuceo ni carecía de sentido.
De hecho, pensemos en los serafines del cielo, que se dedican a la oración repetitiva por toda la eternidad: "No dejan de exclamar: 'Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso'” (Apocalipsis 4:8).
La oración sincera dirigida a Dios, ya sea en voz alta o en silencio —improvisada, litúrgica o aprendida de memoria— nunca puede ser vana, y san Pablo nos exhorta a "perseverar en la oración» (Romanos 12:12) y a "orar sin cesar" (1 Tesalonicenses 5:17).
Él lo hace parecer tan fácil, pero si alguna vez has intentado orar durante cinco minutos sin que tu mente se distraiga, entiendes lo difícil que es "orar sin cesar". Las oraciones devocionales, como el Rosario, nos ayudan con esto al llevarnos a la contemplación y al aprecio de la profundidad del amor de Dios por nosotros, más allá del tiempo o las estaciones.
¿Cuántas veces pensamos en la Navidad en abril? Al rezar un rosario diario, uno medita sobre la Natividad del Señor y todo el gran misterio de su encarnación, dos veces por semana, a lo largo del año. Por lo tanto, la totalidad del Evangelio está viva para nosotros en todo momento, y las revelaciones y consuelos que surgen de nuestra contemplación, o las intenciones de aquellos cuyos nombres llegan a nuestra conciencia, hacen que la oración cambie continuamente, cuenta por cuenta, oración por oración, en cada momento fugaz.
Finalmente, esos momentos fugaces son la clave de por qué no hay nada vano ni verdaderamente repetitivo en estas oraciones.
Cuando los monjes rezan el Oficio Divino en toda su solemnidad, lo hacen siete veces al día, y cada vez comienzan entonando las palabras: "Oh Dios, ven en mi ayuda; oh Señor, apresúrate a socorrerme". Aunque las mismas palabras den inicio a cada hora, están rezando en un momento nuevo; es una nueva oración. Puede que hayan rezado apenas dos horas antes, pero todo es diferente de lo que era: el sol, el clima, incluso su energía. Si estás rezando una nueva oración en un momento nuevo, entonces, en realidad, no hay nada repetitivo en ello.
Oramos, y la mente, la intención, la conciencia, todo se arraiga en ese momento. Luego, el momento se va; nunca volverá. Nuestros dedos pasan a la siguiente cuenta y estamos, literalmente, en un momento "nuevo"; nuestra oración en ese momento también se vuelve "nueva". Otra oración, otro momento se escapa; se ha ido, para no volver a vivirse. Un nuevo aliento, un nuevo pensamiento, una nueva intención, una nueva oración, una nueva cuenta, un nuevo momento: estamos "orando sin cesar" ante Dios. Estamos "en el momento", y allí nos encontramos completamente fuera del "tiempo" tal como lo concebimos.
Estamos, aunque sea brevemente, en un espacio de eternidad, y no hay repeticiones vanas en medio de lo siempre antiguo, siempre nuevo.














