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sábado, 12 de abril de 2025

Meditando el Rosario: Quinto misterio doloroso: Crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo


Del sitio María, Luz Divina: 

Ahora -ya es de noche- dice Jesús (a María Valtorta):

-Has visto cuánto cuesta ser Salvadores. Lo has visto en mí y María. Has tenido conocimiento de nuestras torturas.

Has visto qué generosidad, heroísmo, paciencia, mansedumbre, constancia y fortaleza las hemos sufrido por la caridad de salvaros.

Todos aquellos que quieran, que pidan al Señor Dios hacer ellos 'salvadores', deben pensar que Yo y María somos el modelo que ésas son las torturas que hay que compartir para salvar: la cruz, las espinas, los clavos, los azotes no serán materiales. Serán otros, con otra forma y naturaleza; pero igualmente dolorosos e inmoladores. Y sólo inmolándose en medio de estos dolores se puede ser salvador. 

Es misión austera, la más austera de todas. Una misión respecto a la cual la vida del monje o de la religiosa de la más severa regla es como una flor comparada con un montón de espinas. Porque ésta es no regla de Orden humana, sino Regla de un sacerdocio y un rito de ingreso en el estado monacal divinos, cuyo Fundador soy Yo. Yo soy el que consagra y acoge -en mi Regla, en mi Orden-a los elegidos para ella. Y soy el que les impone el hábito (el mío): el Dolor total llevado hasta el sacrificio. 

Has visto mis sufrimientos, dirigidos a hacer reparación por vuestras culpas. Nada en mi Cuerpo ha estado exento de ellos, porque nada en el hombre está exento de culpas, y todas las partes de vuestro yo físico y moral -ese yo que Dios os ha dado con una perfección de obra divina y que vosotros habéis degradado con la culpa del progenitor y con vuestras tendencias al mal, con vuestra voluntad mala-son instrumentos de los que os servís para cumplir el pecado.

Pero Yo he venido para cancelar los efectos del pecado con mi Sangre y mi dolor, lavando en ellos cada una de vuestras partes físicas y morales, para purificarlas y fortalecerlas contra las tendencias culpables. 

Mis Manos fueron heridas y aprisionadas, después de haberse cansado llevando la Cruz, para reparar por todos los delitos cometidos con la mano del hombre. Desde los verdaderos actos de sujetar y usar un arma contra un hermano, haciéndoos así Caínes, hasta de robar o escribir acusaciones falsas o llevar a cabo actos contrarios al respeto de vuestro cuerpo o del cuerpo ajeno, o de estar ociosos en una holgazanería que es terreno propicio para vuestros vicios. Por las ilícitas libertades de vuestras manos, he dejado crucificar las mías, clavándolas al madero, privándolas de todo movimiento más que lícito y necesario.

Los Pies de vuestro Salvador, después de haberse fatigado y herido en las piedras de mi camino de Pasión, fueron traspasados, inmovilizados, para hacer reparación por todo el mal que vosotros hacéis con los pies, haciendo de ellos el medio para ir a vuestros delitos, hurtos, fornicaciones. He marcado las calles, las plazas, las casas, las escaleras de Jerusalén, para purificar todas las calles, las plazas, las escaleras, las casas de la tierra, de todo el mal que dentro y fuera de ellas había nacido, todo lo que había sido sembrado y sería sembrado, en los siglos pasados y en los futuros, por vuestra mala voluntad obediente a las instigaciones de Satanás. 

Mi Carne se manchó, recibió contusiones y heridas, para castigar en mí todo el culto exagerado, la idolatría, que vosotros ofrecéis a esta carne y a la de quien amáis, por capricho sensual o incluso por afecto, que en sí no es reprobable, pero que lo hacéis reprobable al amar a un padre, a un cónyuge, a un hijo o a un hermano, más que a Dios.

No. Por encima de cualquier amor y vínculo terrenos está, debe estar, el amor al Señor Dios vuestro. Ninguno, ningún otro afecto de ser superior a éste. Amad a los vuestros en Dios, no por encima de Dios. Amad con todo vuestro ser a Dios. Ello no absorberá vuestro amor hasta el punto de haceros indiferentes para con los vuestros; antes al contrario, la perfección tomada de Dios -quien ama a Dios tiene en sí a Dios y, teniendo a Dios, tiene la Perfección-alimentará vuestro amor hacia ellos.

Yo hice de mi Carne una llaga para extraer de las vuestras el veneno de la sensualidad, del no pudor, del no respeto, de la ambición y admiración por la carne destinada a volver al polvo. No es dando culto a la carne como se lleva la carne a la belleza; antes bien, es con el desapego de ella con lo que se le da la Belleza eterna en el Cielo de Dios. Mi Cabeza fue torturada con mil torturas (golpes, sol, gritos, espinas) para hacer reparación por las culpas de vuestra mente. Soberbia, impaciencia, insoportabilidad, falta de aguante, pululan en vuestro cerebro como terreno fungífero. Yo hice de él un órgano torturado, cerrado dentro de un arca decorada con sangre, para hacer reparación por todo lo que brota de vuestro pensamiento.

Has visto la única corona que Yo he querido: una corona que sólo un loco o un torturado pueden llevar. Ninguno, que sea sano de mente (humanamente hablando) y que esté en posesión de su libertad, se impone. Pero a mí me consideraban loco, y loco, sobrenaturalmente, divinamente loco lo era, queriendo morir por vosotros -que no me amáis o que me amáis tan poco-, queriendo morir para vencer al Mal en vosotros, sabiendo que lo amáis más que a Dios. Y estuve a merced del hombre; y prisionero del hombre, condenado suyo. Yo, Dios, condenado por el hombre.

¡Cuántas impaciencias tenéis, por naderías; cuántas incompatibilidades, por bagatelas; cuántas exasperaciones, por simples malestares! Mirad a vuestro Salvador. Meditad en lo exasperante que debían ser esas punzadas continuas en nuevos sitios, esos enredos en los mechones del cabello, ese desplazamiento continuo sin posibilitar mover la cabeza, apoyarla, en ningún modo que no produjera tormento. 

Pensad en lo que debieron significar para mi Cabeza torturada, dolorida, febril, los gritos de la muchedumbre, los golpes en la cabeza, el sol abrasador. Reflexionad en el dolor que debía tener en mi pobre cerebro, que había ido a la agonía del Viernes convertido ya por entero en un dolor por el esfuerzo sufrido durante la noche del Jueves; en mi pobre cerebro al que le subía la fiebre de todo el Cuerpo lacerado y de las intoxicaciones provocadas por las torturas. 

Y, en la Cabeza, también los ojos tuvieron su parte, y la boca, y la nariz y la lengua. Para hacer reparación por vuestras miradas tan amantes de ver lo malo y tan olvidadas de buscar a Dios; para hacer reparación por las demasiadas y demasiado embusteras y sucias y lujuriosas palabras que decís en vez de usar los labios para orar, para enseñar, para confortar. Y recibieron su tortura la nariz y la lengua para hacer reparación por vuestra avidez gustativa y por vuestra sensualidad olfativa, por las cuales cometéis imperfecciones que son terreno para más graves culpas, y cometéis pecados con la avidez de alimentos superfluos sin tener piedad de los que tienen hambre, de alimentos que os podéis permitir, muchas veces recurriendo a medios ilícitos de ganancia.

Mis entrañas no quedaron exentas de sufrimiento. Ninguna de ellas. Sofocación y tos para los pulmones, los cuales, por la bárbara flagelación recibida, estaban contusos, y edemáticos por la postura en la cruz; congoja y dolor en el corazón, que había sido desplazado y estaba enfermo, por causa de la cruel flagelación, y del dolor moral que había precedido a ésta, por el esfuerzo de la subida bajo la pesada carga del madero y por la anemia consiguiente a toda la sangre que ya había vertido. El hígado congestionado, el bazo congestionado, los riñones contusos y congestionados.

Has visto la corona de moratones que estaba alrededor mis riñones. Vuestros científicos, para dar una prueba para vuestra incredulidad respecto a esa prueba de mis padecimientos que es la Sábana Santa (se conserva y venera en Turín: para los escritos valtortianos, es auténtica), explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo ultrafatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado.

Mejor sería creer sin tener necesidad de tantas pruebas para creer. Mejor sería decir: "Esto es obra de Dios" y bendecir a Dios, que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi Crucifixión y de las torturas que la precedieron. 

Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas científicas ­pobre fe vuestra que sin el apoyo y el acicate de la ciencia no sabe mantenerse en pie y caminar-, sabed que las atroces contusiones de mis riñones fueron el agente químico más potente en el milagro de la Sábana Santa. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya no pudieron trabajar.

 Como los de los que han ardido en una llamarada, no fueron capaces de filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi sangre, en cuerpo, produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen en la tela. Pero los que de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron producirme las toxinas urémicas, tan abundantes como para ser capaces de producir una huella indeleble.

La sed. ¡Qué tortura, la sed! Y, a pesar de todo, ya has visto que no hubo ni siquiera uno, de entre tantos, que supiera en aquellas horas darme una gota de agua. Desde después de la Cena, no tuve ninguna confortación. Y la fiebre, el sol, el calor, el polvo, el desangramiento, producían mucha sed a vuestro Salvador.

Has visto que rechacé el vino mirrado. No quería atenuaciones de mi sufrimiento. Cuando nos hemos ofrecido como víctimas, tenemos que serlo sin transacciones piadosas, sin arreglos, sin atenuaciones. Es necesario beber el cáliz como se nos da. Saborear el vinagre y la hiel, hasta la hez. No el vino con añadido de drogas que produce una mitigación del dolor.

¡Oh, muy severo es el sino victimal! ¡Pero, bienaventurado el que lo elige como suyo! 

Esto respecto al sufrimiento de tu Jesús en su Cuerpo inocente. Y no te hablo de las torturas de mi sentimiento hacia mi Madre y hacia su dolor. Se requería ese dolor. Pero para mí fue la congoja más cruel. ¡Sólo el Padre sabe lo que sufrió su Verbo en el espíritu, en lo moral y en lo físico! Y la presencia de mi Madre, aunque fue la cosa más deseada por mi corazón, que tenía necesidad de esa confortación en la soledad infinita que lo rodeaba, infinita, soledad procedente de Dios y de los hombres, fue tortura.

Ella debía estar allí, ángel de carne, para impedir el asalto de la desesperación, de la misma forma que el ángel espiritual la había impedido en el Getsemaní; debía estar allí para unir mi Dolor con el suyo para vuestra Redención; debía estar allí para recibir la investidura de Madre del género humano. Pero verla morir a cada uno de mis estremecimientos fue mi mayor dolor. Ni siquiera la traición, ni siquiera el saber que mi Sacrificio sería inútil para muchos – esos dos dolores que pocas horas antes me habían parecido tan grandes que me habían hecho sudar sangre-, eran comparables a éste. 

Pero tú has visto lo grande que fue María en aquella hora. La congoja no le impidió ser mucho más fuerte que Judit. Ésta mató (Judit 13). María se dejó matar a través de su Hijo. Y ni imprecó ni odió. Oró, amó, obedeció. Siempre Madre, hasta el punto de pensar, en medio esas torturas, que su Jesús tenía necesidad de su velo virginal para cubrir sus carnes inocentes, para defensa de su pudor, supo al mismo tiempo ser Hija del Padre de los Cielos y obedecer a la tremenda voluntad del Padre en aquella hora. No imprecó, no se rebeló; ni contra Dios ni contra los hombres: a éstos los perdonó; a Aquél le dijo 'Fiat`. También después la has oído: '¡Padre, te amo, y Tú nos has amado!'. Recuerda y proclama que Dios la ha amado y le renueva su acto de amor. ¡En aquella hora! Después de que el Padre la había traspasado y privado de su razón de ser. Lo ama. 

No dice: 'Ya no te amo por haber descargado tu mano sobre mí'. Lo ama. Y no se aflige por el propio dolor, sino por el que sufre su Hijo. No grita por el propio corazón quebrantado, sino por mi corazón traspasado. De esto pide razón al Padre, no del propio dolor. Pide razón al Padre en nombre del Hijo de ambos. 

Ella es auténticamente la Esposa de Dios. Ella es auténticamente la que concibió por unión con Dios. Sabe que a su Hijo no lo engendró un contacto humano, sino que fue solamente Fuego que descendió del Cielo para entrar en su seno inmaculado y depositar en él el Germen divino, la Carne del Hombre-Dios, del Dios-Hombre, del Redentor del mundo. Ella lo sabe, y como Esposa y Madre pide razón de esa herida. Las otras debían producirse. Pero ésta, cuando todo estaba cumplido, ¿por qué? 

¡Pobre Mamá! Hubo un porqué que tu dolor no te ha permitido leer en mi herida. Y ese porqué fue el que los hombres vieran el Corazón de Dios. Tú lo has visto, María. Y no lo olvidarás nunca.

Pero ya ves que María, a pesar de no ver en ese momento las razones sobrenaturales de esa herida, enseguida piensa que no me ha hecho daño, y por ella bendice a Dios. No se preocupa del mucho daño que esa herida le haya hecho a Ella; no me ha hecho daño a mí, y eso le basta y le sirve para bendecir a Dios, a ese Dios que la inmola. Lo único que pide es un poco de confortación para no morir. Es necesaria para la naciente Iglesia de la que ha sido creada Madre pocas horas antes.

La Iglesia, como un recién nacido, necesita cuidado y leche maternos. María dará esto a la Iglesia sosteniendo a los apóstoles, hablándoles del Salvador, orando por la Iglesia. ¿Pero cómo podría hacerlo si expirara esa noche? La Iglesia, a la que le quedan pocos días para estar ya sin quien es su Cabeza, se quedaría huérfana del todo si además expirara la Madre. Y la suerte de los recién nacidos huérfanos es siempre precaria.

Dios nunca defrauda una justa oración y conforta a los hijos suyos que en Él esperan. María lo experimenta en el consuelo de la Verónica. Ella, la pobre Mamá, había imprimido en sus ojos la efigie de mi Rostro apagado. No podía resistir verlo. No es su Jesús ese Jesús envejecido, hinchado, con esos ojos cerrados que ya no la miran, con esa boca torcida que ni le habla ni le sonríe. El de la Verónica es un rostro de Jesús vivo; doliente, herido, pero todavía vivo. Su mirada la mira, su boca parece decirle: '¡Mamá!'. Su sonrisa la saluda todavía.

¡Oh, María! Busca a Jesús en tu dolor. Él vendrá siempre y te mirará, te llamará, te sonreirá. Compartiremos el dolor, ¡pero estaremos unidos!

Juan, oh pequeño Juan, compartió con María y Jesús el dolor. Sé siempre como Juan. También en esto. Ya te lo he dicho: 'No serás grande por las contemplaciones y los dictados -esto es mío-, sino por tu amor; y el amor más alto está en compartir el dolor'. Esto proporciona la manera de intuir hasta los más pequeños deseos de Dios y hacerlos realidad a pesar de todos los obstáculos.

Mira con qué viva y delicada sensibilidad Juan actúa desde la noche del Jueves hasta la del Viernes. Y pasada esa noche. Pero, observémoslo en aquellas horas. Un momento de desconcierto. Una hora de pesantez. Pero, una vez superado el sueño con la agitación de la captura, y esa agitación con el amor, viene, trayéndose tras sí a Pedro, para que el Maestro sienta confortación al ver a la Cabeza de los apóstoles y al Predilecto de entre los Apóstoles.

Y luego piensa en la Madre, a quien algún cruel puede gritar que su Hijo ha sido capturado. Y va donde Ella. No sabe que María ya vive la congoja del Hijo y que, mientras los apóstoles dormían, Ella velaba y oraba, agonizando con su Hijo. Él no lo sabe. Y va donde Ella y la prepara para la noticia.

Y luego hace de enlace entre la casa de Caifás y el Pretorio, entre la casa de Caifás y el palacio de Herodes, y otra vez va de la casa de Caifás al Pretorio. Hacer eso esa mañana, cruzando por entre la muchedumbre ebria de odio, con un atuendo que lo delata como galileo, no es una cosa cómoda. Pero el amor lo sostiene, y Juan no piensa en sí mismo, sino en los dolores de Jesús y de la Madre. Podría ser apedreado por ser seguidor del Nazareno. No importa. Desafía todo. Los otros han huido, están escondidos: la prudencia y el miedo los guían. A él lo guía el amor, y se queda y se muestra. Es un hombre puro. El amor prospera en la pureza.

Y si su piedad y su buen sentido de lugareño lo inducen a mantener a María alejada de la multitud y del Pretorio -no sabe que María participa de todas las torturas de su Hijo padeciéndolas espiritualmente-, cuando juzga que ha llegado la hora en que Jesús necesita a su Madre y que no es lícito tener más tiempo a la Madre separada del Hijo, la lleva a Él, la sostiene, la defiende. 

¿Qué es ese puñado de personas fieles (un hombre solo, indefenso, joven, sin autoridad, a la cabeza de unas pocas mujeres) contra toda una muchedumbre embrutecida? Nada. Un montoncito de hojas que el viento puede desparramar. Una barquichuela en un océano borrascoso que puede sumergirla. No importa. El amor es su fuerza y su vela. Éste es su arma, y con éste protege a la Mujer y a las mujeres hasta el final.

Juan poseyó el amor de compasión como nadie más en el mundo, excepción hecha de mi Madre. Juan es el príncipe de los que aman con este amor. Es tu maestro en esto. Sigue el ejemplo que te da de pureza y caridad, y serás grande.

Y, dado que preveo las observaciones de los demasiados Tomases (incrédulos) y de los demasiados escribas de ahora sobre una frase de este dictado, que parece contrastar con el sorbo de agua ofrecido por Longinos... -¡oh, cómo gozarían los negadores de lo sobrenatural, los racionalistas de la perfección al revés, si pudieran encontrar una fisura en el magnífico complejo de esta obra de bondad divina y sacrificio tuyo, pequeño Juan, para poder, haciendo palanca en esa fisura con el pico de su mortífero racionalismo, provocar el derrumbamiento de todo!-previniendo a éstos, digo y explico.

Aquel pobre sorbo de agua -una gota en el incendio de la fiebre y en la sequedad de las venas vaciadas-tomado por amor a un alma a la que había que persuadir de amor para llevarla a la Verdad, tomado con suma fatiga en medio del jadeo agudo que me estrangulaba la respiración y obstaculizaba la deglución -tan quebrantado estaba por los atroces azotes-no proporcionó más alivio que el sobrenatural. 

Desde el punto de vista de la carne no fue nada, por no decir un tormento... Ríos habrían sido necesarios para mi sed de entonces... Y no podía beber por el jadeo del dolor precordial. Y tú sabes lo que es este dolor... Ríos habrían sido necesarios después... y no me fueron dados. Y tampoco hubiera podido aceptarlos por el sofoco cada vez más fuerte. ¡Pero cuánto alivio habrían procurado a mi Corazón si me hubieran sido ofrecidos! Era de amor de lo que moría. De amor no dado. La piedad es amor. Y en Israel no hubo piedad. 

Cuando contempláis, vosotros los buenos, o analizáis, vosotros los escépticos, aquel 'sorbo', dadle su justo nombre: 'piedad', no bebida. Puede, por tanto, decirse, sin incurrir por ello en falsedad, que 'desde la Cena no recibí alivio'. De toda la masa que me circundaba, no hubo ni uno que me procurase alivio, considerando que el vino drogado no quise sorberlo. Recibí vinagre y burlas. Recibí traiciones y golpes. Eso es lo que recibí. Nada más. 

María Valtorta
El Evangelio como me fuera revelado

sábado, 25 de enero de 2025

Meditando el Rosario: Cuarto Misterio Gozoso: La Presentación de Jesús en el Templo


 Del sitio María Luz Divina:

Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. 

 Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco. 

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida  de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño. 

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino. 

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente. 

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros. 

Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño. 

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa. 

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco. 

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo "paradero" porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos. 

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo. 

Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita. 

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones - creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo -. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad, pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).  

Viene un sacerdote — no sé si motu propio o es que José lo ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. 

Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote - me había olvidado de decirlo -, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote. 

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera. 

María ofrece el Niño - que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días -, al sacerdote. Éste lo toma y lo eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha. 

Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano - para mí, sin duda, de más de ochenta años -. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede, y Simeón - que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel -, lo toma y lo besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que lo observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo. 

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad. 

La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. 

-Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judith y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión. 

Y aquí me cesa la visión.