Del sitio Píldoras de Fe:
Dedicado a la oración preferida de María Santísima, que por desgracia cada vez se reza menos, para agradecer, pedir gracias, ganarse el Cielo y divulgarla a todos
El amor… Tema complicado, pero trascendental. Tanto, que también puede referirse a la primera y más importante virtud teologal.
Pues somos de carne y hueso, y precisamos sentirnos amados. Incluso los ángeles, también.
El instinto de sociabilidad (Aristóteles ya nos definió hace cerca de 2.500 años como animales sociales…), es de los básicos que habitan en el alma humana, y puede ser entendido como un instinto de ser apreciado, de ser querido por nuestros semejantes.
Recuerdo una vez que tuve la gracia de conversar con Mons. João Clá Dias, fundador de los Heraldos del Evangelio y de agudo discernimiento de espíritus.
Decía él que todos precisamos sentir afecto, y que es absurdo creerse una ‘máquina’ de cualquier tipo no necesitada de afecto. Afirmaba él que esa necesidad tan básica, la Virgen siempre buscaba atenderla: ‘Ella se encarga siempre de manifestarnos su amor’.
Las palabras de Monseñor tenían un sabor a algo como ‘Déjese querer por Ella…’.
Es que con frecuencia somos tan orgullosos, que nos creemos no necesitados de afecto. Algo como Esaú, que se ve que despreciaba los consejos de Rebeca, y que era más confiado en su propia fuerza moral y física. Pero fue Jacob, Israel, quien por seguir los consejos de su madre alcanzó la primogenitura. Fue Jacob el que se dejó amar por Rebeca, Esaú no.
Necesitados pues de amor, no hay que hurgar mucho en la historia de los hombres, para darnos cuenta de que con muchísima frecuencia el amor humano decepciona.
Son muchos los hombres que se casan ‘por amor’ (más que para dar amor, para recibirlo…). Pero cuando no hay fe y práctica cristiana —que es la que nos mueve a salir de sí para buscar el beneficio del otro— más temprano que tarde comienza a vencer el egoísmo, el cada uno ‘tirando para su lado’; el egoísmo instalado ambienta los choques, los conflictos, dando con frecuencia en rupturas, que marcan la vida entera y pueden traer grave perjuicio a los hijos.
Por ello, la frase de que el matrimonio (y en definitiva cualquier relación humana) debe ser entre tres, es algo no solo cierto sino esencial: No puede ser solo el egoísmo de fulano más el egoísmo de fulana, sino que a esto hay que sumar el Amor Divino, que vaya penetrando la convivencia y el ser de fulano y fulana.
Que Dios nos ama, es una verdad de a puño que con frecuencia olvidamos. Nos dio la existencia, y no una cualquiera sino eterna, llamada a compartir los tronos de los ángeles. Nos da toda la naturaleza para un sabio uso.
Pero más importante, nos dio a su propia Madre, que es también nuestra Madre en el orden de la gracia. Todos somos o estamos llamados a ser hijos espirituales de María, y en ese sentido, Ella nos ama con el mismo tipo de amor con que ama a su Hijo-Dios.
Pero nuestra soberbia es tan grande, que como que nos gusta caminar por la vida sin recurrir a su amor materno. Es como un grosero pulso que mantenemos con la Virgen; es como si le dijéramos: ‘sí, yo sé que usted es la Madre de Dios y mi Madre, pero déjeme que yo solo puedo’. Sin embargo Ella es tan misericordiosa, que al estrellarnos contra el muro de piedra y ahí sí dirigirnos a Ella, Ella no nos recuerda nuestros desprecios sino que nos auxilia. Pero vueltos a levantarnos, es común que volvamos a despreciar su auxilio.
En fin, pidámosle a Ella también esa gracia —porque todo es gracia—
que tiene como premisa la humildad, el sabernos frágiles, débiles,
llamados a caminar en unión con Dios:
¡Madre mía, que siempre y a todo momento, nos dejemos amar por Vos!
Del sitio María Luz Divina:
Veo a Jesús. Es ya un adolescente. Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies; me parece que es de lino. Encima, se coloca, formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo pálido. Lleva la cabeza descubierta. Los cabellos, de una coloración más intensa que cuando lo vi de niño, le llegan hasta la mitad de las orejas. Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy tierna aún, como refleja el rostro).
Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia mí. Su sonrisa de todas formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria. Está solo. Por ahora no veo nada más. Está apoyado en un murete de una callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que está aproximadamente en su centro y que en tiempo de lluvia se transforma en regato; ahora, como el día está sereno, está seca.
Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús. Veo un grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas, otras, bajas; van en todos los sentidos. Parece - haciendo una comparación muy pobre pero muy válida - un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un terreno oscuro. Las calles, las callejas, son como venas en medio de esa blancura. Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás de las tapias; muchos de ellos están en flor, muchos otros están ya cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.
A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de construcciones, y torres y patios y pórticos; en el centro se eleva una riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas, esplendorosas bajo el sol, como si estuvieran recubiertas de metal, cobre u oro. El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas de esta forma: M, como si fuera una fortaleza). Una torre de mayor altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto conjunto.
Jesús observa fijamente ese lugar. Luego se vuelve otra vez, apoya de nuevo la espalda sobre el murete, como antes, y dirige su mirada hacia una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo. El collado sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece virgen. Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal unidas; no son demasiado grandes, no son como las piedras de las calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía), pero colocadas sin conexión: un camino de mala muerte.
El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención buscando en este collado la causa de esta melancolía. Pero no encuentro nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más. Eso sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí. Y me quedo adormilada con esta visión.
Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos están durmiendo, me encuentro en un lugar que nunca antes había visto. En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas). Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo, y mucho griterío. Me miro a mi alrededor y, al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando; efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto, y la torre centinela, y la imponente obra de fábrica que se yergue en el centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios, y, bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quienes en otra.
Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén. Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente, y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso. Luego veo a otros, menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal, y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos; comprendo que se trata de los doctores de la Ley. Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.
Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica. Mucha gente hace lo mismo.
Entre los "doctores" hay un grupo capitaneado por uno llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel en la disputa; oigo que le llaman Hil.lel (pongo la hache porque oigo una aspiración al principio del nombre), y creo que es o maestro o pariente de Gamaliel: lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo respeto con que éste lo trata.
El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta, mientras que el otro grupo, que es el más numeroso está dirigido por uno llamado Siammai, y adolece de esa intransigencia llena de resentimiento, y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio.
Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, hábil de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo.
Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído Aquél que los Profetas llamaban "Príncipe de la paz" está bien lejos de ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.
La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan; este propósito es evidente.
Del interior del nutrido grupo de fíeles se oye una tierna voz de niño: "Gamaliel tiene razón".
Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarlo, Él no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los "rabíes". Reconozco en Él a mi Jesús adolescente. Se le ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia.
"-¿Quién eres?-" le preguntan.
"-Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena".
Gusta esta respuesta intrépida y segura, y obtiene sonrisas de aprobación y de benevolencia. Despierta interés el pequeño israelita.
"-¿Cómo te llamas?"
"-Jesús de Nazaret".
Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai. Sin embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hil.lel. Es más, es Gamaliel el que, con deferencia, le dice al anciano: "-Pregúntale alguna cosa al niño".
"-¿En qué basas tu seguridad?" -pregunta Hil.lel.
(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro)
Jesús: "-En la profecía, que no puede errar respecto a la época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento. Cierto es que César nos domina".
-Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no lo quiso.
-¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? "Una estrella nacerá de Jacob". Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre; "Mesías", y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo.
Siammai, con mirada maligna: "-¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?"
Jesús: "-Yo lo digo".
Siammai: "-Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que "un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que está llorando por sus hijos". Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías".
Jesús: "-Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al "hijo de su dolor", la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarlo de la más terrible de las esclavitudes".
Siammai: "-¿Y cómo, si lo mataron?"
Jesús: "-¿No has leído de Elías que fue raptado por el
carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su
Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante
Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a
haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de
la crueldad del hombre? En verdad os digo; el Cristo vive y está entre
vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia." La voz
de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo
que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de
dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los
baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad
de un hombre.
Hil.lel: "-Niño, ¿quién te ha enseñado estas palabras? "
Jesús: "-El Espíritu de Dios. Yo no tengo maestro humano. Ésta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios."
Hil.lel: "-Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de cerca, ¡oh niño!, para que mi esperanza se reavive en contacto con tu fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya".
Y lo sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo, entre Gamaliel e Hil.lel, y le entregan unos rollos para que los lea y los explique. Es un examen en toda regla. La muchedumbre se agolpa atenta.
La voz infantil de Jesús lee: -"Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado... Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor... Entonces se manifestará la gloria del Señor..."
Siammai: "-Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada. Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías".
Jesús: "-Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor. Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír".
Siammai: "-¿Así le hablas a un maestro?"
Jesús: "-Así hablo y así hablaré hasta la muerte. Porque por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a la Verdad, de la cual soy Hijo. Y además te digo, rabí, que la esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo, no es la que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas. Antes bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud del Mal que lo separa de Dios, y la señal del Cristo, liberados los espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a éstos. Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡oh, estirpe de David!, ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre toda la Tierra y se alza hacia el Cielo.
Y en el Cielo y en la Tierra toda boca glorificará su Nombre y doblará su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el Caudillo, ante Aquel que, tomando de sí mismo, embriagará a toda alma cansada y saciará toda alma hambrienta; el Santo que estipulará una alianza entre la Tierra y el Cielo no como la que fue estipulada con los Padres de Israel cuando los sacó de Egipto (siguiendo considerándolos de todas formas siervos), sino imprimiendo la paternidad celeste en el espíritu de los hombres con la Gracia de nuevo infundida por los méritos del Redentor por el cual todos los hombres buenos conocerán al Señor y el Santuario de Dios no volverá a ser derruido y hollado".
Siammai: "-¡Pero, niño, no blasfemes! Acuérdate de Daniel, que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venidero. ¡Y tú sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado! ¡Respeta a los Profetas!"
Jesús: "-En verdad te digo que hay Uno que está por encima de los Profetas, y tú no lo conoces, ni lo conocerás, porque te falta el deseo de ello. Y has de saber que todo cuanto he dicho es verdad. No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero. Al igual que su Santificador, resucitará para vida eterna y, al final de los días del mundo, vivirá en el Cielo".
Hil.lel: "-Préstame atención, niño. Ageo dice: '... Vendrá el Deseado de las gentes... Grande será entonces la gloria de esta casa, y de esta última más que de la primera'. ¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?"
Jesús: "-Sí, maestro. Esto es lo que quiere decir. Tu rectitud te conduce hacia la Luz, y Yo te digo que, una vez consumado el Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin malicia".
Gamaliel: "-Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de sufrir la devastación de la guerra? Habla y dame luz también a mí".
Jesús: "-¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las formaciones angélicas cantaron: 'Paz a los hombres de buena voluntad'? Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad, y no gozará de paz; no reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador, porque lo espera como rey con poder humano, mientras que es Rey del espíritu; y no lo amará, puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo. Los enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el Cristo; sí los del alma, los que doblegan, para infernal dominio, el corazón del hombre, creado por el Señor. Y no es ésta la victoria que de El espera Israel. Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre 'la asna y el pollino', o sea, los justos de Israel y los gentiles; mas Yo os digo que el pollino le será más fiel a Él y, precediendo a la asna, le crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida. Israel, por su voluntad, perderá la paz, y sufrirá en sí, durante siglos, aquello mismo que hará sufrir a su Rey al convertirlo en el Rey de dolor de que habla Isaías".
Siammai: "-Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno. Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?"
Jesús: "-Él ya es una realidad. ¿No dice Malaquías: 'Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; enseguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros'? Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo. Él es ya una realidad, como también lo es el Cristo. Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados. Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro. Cuando veáis al Precursor, podréis decir: '"Comienza la misión del Cristo'. Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos; mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae. Pero cuando - más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines - el Redentor ocupe su trono y su altar, de sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles. Porque Él, ¡oh, maestro insipiente!, no es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual, y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu y, como Jonás, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, 'las de Dios', a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la Humanidad la Vida verdadera."
Siammai y sus seguidores: "-¡Este nazareno es Satanás!"
Hil.lel y los suyos: "-No. Este niño es un Profeta de Dios. Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber, y Tú serás Maestro del pueblo de Dios.
Jesús: "-En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado. A mí me hablan las voces del Cielo, y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi hora. Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén; y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel para hacer de mí escabel de su gloria, en espera de que Él haga del mundo escabel para los píes del Cristo. Esperadme en mi hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y trepidarán cuando diga mis palabras últimas.
Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y crean en Él a través de ella: el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste, y por el cual Yo digo: 'Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla'".
Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido entre los atónitos doctores.
Dice Jesús: "-Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás. Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén, y de Jerusalén al Templo."
Observa la angustia de María al ver - una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres - que Yo no estoy con José.
No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho; lo hacéis, por motivos mucho menores olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar. No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión. No se da tampoco María a escenas dramáticas. Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas. No obstante, su dolor contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.
Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas! Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa. Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén; hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta. José la sigue, la ayuda. Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.
¿Dónde, dónde puede estar su Jesús? Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarme. Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa: ¿qué iba a tener que hacer un niño en el Templo? En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y, llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá, atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes, y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas. Pero no había ningún aviso.
Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características! Demasiado poco para poder decir: "¡Lo he visto! ¡Estaba allí o allá!".
Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos. Nada. Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño. Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola. Mas Jesús no está llorando; está enseñando. Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo: "Estas piedras trepidarán...". Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre, y lo consigue después de una gran fatiga: ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.
María es la Virgen prudente. Pero esta vez la congoja sobrepuja su conocimiento. Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso. Corre hacia su Hijo, lo abraza, levantándolo y bajándolo del escabel, y exclama: "¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto! Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo. Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?".
No se preguntan los "porqués" a Aquel que sabe, los "porqués" de su forma de actuar. A los que han sido llamados no se les pregunta "por qué" dejan todo para seguir la voz de Dios. Yo era Sabiduría y sabía; Yo había "sido llamado" a una misión y la estaba cumpliendo. Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino; sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro. Y esto es lo que le digo a mi Madre.
Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores. Y Ella no se olvidó jamás de ello.
Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón. Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra.
Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón. Mas nunca volverá a preguntar: "¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?".
¡Aprended, hombres arrogantes!
Resumen de la Devoción de los Primeros Sábados.
¿Por qué debe hacerse?
Nuestra Señora: "Si hacéis lo que os digo, se salvarán muchas almas, habrá paz". (Fátima, 13 de julio de 1917).
La Devoción de los Primeros Sábados es una de las dos peticiones especiales para conseguirlo.
A los que cumplan 5 Primeros Sábados seguidos, se les promete la salvación personal.
¿Qué debe hacerse?
Palabras de Nuestro Señor y Nuestra Señora el 10 de dic. de 1925. 12-10-25
Resumen de las prácticas: (Todo en reparación al Inmaculado Corazón de María)
¿Cómo debe hacerse?
Asistir a los Primeros Sábados Comunitarios a su parroquia. Si no hay Primeros Sábados Comunitarios en su parroquia,
Solicite al párroco Establecer los Primeros Sábados Comunitarios en la parroquia.
De no ser posible, entonces se puede:
Hacer la devoción y formar un Grupo privado o hacerla Individualmente
Del sitio Foro Mariano:
Tercer sábado: Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.
MEDITACIÓN PARA EL TERCER SÁBADO
SAN JUAN PABLO II
Miércoles 6 de marzo de 1996
LA MATERNIDAD VIENE DE DIOS
(Lectura: 1er. libro de Samuel, capítulo 1, versículos, 9-11)"
1. La maternidad es un don de Dios. "He adquirido un varón con el
favor del Señor" (Gn 4, 1) exclama Eva después de haber dado a luz a
Caín, su primogénito. Con estas palabras, el libro del Génesis presenta
la primera maternidad de la historia de la humanidad como gracia y
alegría que brotan de la bondad del Creador.
2. Del mismo modo se ilustra el nacimiento de Isaac, en el origen del
pueblo elegido.
A Abraham, privado de descendencia y ya en edad avanzada, Dios
promete una posteridad numerosa como las estrellas del cielo
(cf. Gn 15, 5). El patriarca acoge la promesa con la fe que revela al
hombre el designio de Dios: "Y creyó él en el Señor el cual se lo
reputó por justicia" (Gn 15 6).
Las palabras que el Señor pronunció con ocasión del pacto establecido
con Abraham confirman esa promesa: "Por mi parte he aquí mi
alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos" (Gn 17,4).
Acontecimientos extraordinarios y misteriosos destacan cómo la
maternidad de Sara es sobre todo, fruto de la misericordia de Dios,
que da la vida más allá de toda previsión humana: "Yo la bendeciré, y
de ella también te daré un hijo. La bendeciré, y se convertirá en
naciones; reyes de pueblos procederán de ella" (Gn 17, 16).
La maternidad se presenta como un don decisivo del Señor: el
patriarca y su mujer recibirán un nombre nuevo para significar la
inesperada y maravillosa transformación que Dios realizará en su vida.
3. La visita de tres personajes misteriosos, en los que los Padres de la
Iglesia vieron una prefiguración de la Trinidad, anuncia de modo más
concreto a Abraham el cumplimiento de la promesa: "Apareciósele el
Señor en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su
tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí que había
tres individuos parados a su vera" (Gn18, 1-2). Abraham objeta: "¿A
un hombre de cien años va a nacerle un hijo? ¿y Sara, a sus noventa
años, va a dar a luz?" (Gn17, 17; cf. 18, 11-13). El huésped divino
responde: "¿Es que hay algo imposible para el Señor? En el plazo
fijado volveré, al término de un embarazo, y Sara tendrá un hijo"
(Gn 18, 14; cf. Lc 1, 37).
El relato subraya el efecto de la visita divina, que hace fecunda una
unión conyugal, hasta ese momento estéril. Creyendo en la promesa,
Abraham llega a ser padre contra toda esperanza, y padre en la
fe porque de su fe desciende la del pueblo elegido.
4. La Biblia ofrece otros relatos de mujeres a las que el Señor libró de
la esterilidad y alegró con el don de la maternidad. Se trata de
situaciones a menudo angustiosas, que la intervención de Dios
transforma en experiencias de alegría, acogiendo la oración
conmovedora de quienes humanamente no tienen esperanza. Raquel,
por ejemplo, "vio que no daba hijos a Jacob y, celosa de su hermana,
dijo a Jacob: “Dame hijos, o si no me muero. Jacob se enfadó con
Raquel y dijo: “¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios, que te ha negado
el fruto del vientre?” (Gn 30, 1-2).
Pero el texto bíblico añade inmediatamente que “entonces se acordó
Dios de Raquel. Dios la oyó y la hizo fecunda, y ella concibió y dio a
luz un hijo" (Gn 30, 22-23). Ese hijo, Josué, desempeñará un papel
muy importante para Israel en el momento de la emigración a Egipto.
En éste, como en otros relatos, subrayando la condición de esterilidad
inicial de la mujer, la Biblia quiere poner de relieve el carácter
maravilloso de la intervención divina en esos casos particulares pero,
al mismo tiempo, da a entender la dimensión de gratuidad inherente a
toda maternidad.
5. Encontramos un procedimiento semejante en el relato del
nacimiento de Sansón. La mujer de Manóaj, que no había podido
engendrar hijos, recibe el anuncio del ángel del Señor: "Bien sabes
que eres estéril y que no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz
un hijo" (Jc 13, 3-4). La concepción, inesperada y prodigiosa, anuncia
las hazañas que el Señor realizará por medio de Sansón.
En el caso de Ana, la madre de Samuel, se subraya el papel particular
de la oración. Ana vive la humillación de la esterilidad, pero está
animada por una gran confianza en Dios, a quien se dirige con
insistencia para que la ayude a superar esa prueba. Un día en el
templo, expresa un voto: "¡Oh Señor de los ejércitos! (...), si no te
olvidas de tu sierva y le das un hijo verán, yo lo entregaré al Señor por
todos los días de su vida..." (1 S 1, 11).
Su oración es acogida: "El Señor se acordó de ella", que "concibió
(...) y dio a luz un niño a quien llamó Samuel" (1 S 1, 19-20).
Cumpliendo su voto, Ana entregó su hijo al Señor: "Este niño pedía
yo y el Señor me ha concedido la petición que le hice. Ahora yo se lo
cedo al Señor por todos los días de su vida" (1 S 1, 27-28). Dado por
Dios a Ana, y luego por Ana a Dios, el niño Samuel se convierte en un
vínculo vivo de comunión entre Ana y Dios.
El nacimiento de Samuel es, pues, experiencia de alegría y ocasión de
acción de gracias. El primer libro de Samuel refiere un himno,
llamado el Magnificat de Ana, que parece anticipar el de María: "Mi
corazón exulta en el Señor, mi poder se exalta por Dios..." (1 S 2, 1).
La gracia de la maternidad, que Dios concede a Ana por su oración
incesante, suscita en ella nueva generosidad. La consagración de
Samuel es la respuesta agradecida de una madre que, viendo en su hijo
el fruto de la misericordia divina, devuelve el don, confiando ese hijo
tan deseado al Señor.