Adaptado del sitio
Píldoras de Fe:
"Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de
la oración". Así plasmó San Juan Pablo II su visión del Cristianismo en
la carta Novo Millenio Ineunte.
Para hacerlo realidad, contamos con una gran maestra: la Virgen María
que quiere tenernos como discípulos en la escuela del Rosario.
A través del Rosario podemos aprender muchas cosas sobre la vida de
Jesús y sobre la humildad de María, nuestra Madre, quien nos ha revelado
grandes cosas a través del Rezo del Santo Rosario.
1. Aprendemos a orar con el Maestro
Con el Rosario, aprendemos a orar viendo a un gran maestro de oración.
Si el mejor modo de aprender a orar es a través del testimonio de un
gran orante, qué mejor que contemplar junto a María y desde el corazón de María el Corazón de Jesús.
Al recorrer uno a uno los misterios, es fácil contemplar la oración
de Jesús: al nacer, al predicar, al morir, al resucitar, encontramos a
Jesús orando, inseparable al Padre, en continuo diálogo interior con el
Espíritu Santo.
Con María, en silencio, recorremos Sus pasos, y oramos sobre ellos,
acompañando a Jesús en su oración y en su oblación al Padre por todos
los hombres.
2. El Rosario nos enseña la oración vocal
El Rosario nos enseña lo que es la oración vocal, invitándonos a rezar el Ave María con pleno sentido.
Existe una canción sevillana muy hermosa que dice: "No quiero ni
pensar que se enfade mi Virgen del Rocío si no le rezo la Salve con
todos los cinco sentidos." El método repetitivo favorece la asimilación.
Aún así, no se trata de repetir el Ave María de manera rutinaria y
aburrida, sino como expresión de amor. Como en el amor humano, decimos
una y otra vez las mismas frases de afecto, pero el sentimiento renovado
las hace siempre nuevas. Además, "si la repetición del Ave Maria se
dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se
dirige a Jesús." (RVM, 26)
3. El Rosario es oración meditativa.
Sin meditación y sin contemplación, el Rosario se reduce a la
repetición de fórmulas. Y el Rosario no es repetición de fórmulas, es
meditación de la vida de Cristo, para más conocerlo, amarlo e imitarlo. Y
esto, con un corazón cargado de afectos.
El Rosario es dirigirse a Jesús con María y desde el corazón de
María. ¿Cómo es el trato de María con Jesús? Sin duda, cargado de
afectos, Cuando bastan pocas palabras para decir mucho, quiere decir que
el corazón está hablando de muchas otras maneras.
Así parece ser cuando María se dirige a Jesús en Jerusalén y en Caná.
Y una de las respuestas más afectuosas de María al contemplar la vida
de Jesús entrelazada con la suya fue precisamente un silencio
contemplativo.
4. El Rosario nos enseña a contemplar.
María es nuestro modelo de contemplación.
"La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable".
El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su
vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza
humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún.
Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del
rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en
Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo;
en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus
rasgos.
Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también
tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo "envolvió en pañales y
le acostó en un pesebre" (Lucas 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se
apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el
episodio de su extravío en el templo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto?" (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de
leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y
presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Juan 2, 5); otras veces será
una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en
cierto sentido, la mirada de la "parturienta", ya que María no se
limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que
acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn
19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la
alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la
efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). (RVM,
10)
5. El Rosario nos facilita el encuentro personal con Cristo.
María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, nos lleva delante de Cristo
y le dice: "Aquí te los traigo, quieren verte"; "Tienen sed, Tú eres el
agua viva"; "No tienen vino".
María nos ofrece su Hijo como lo hizo con los pastores y los magos,
para que le reconozcamos (Lucas 2,12-18), para que le tomemos en
nuestros brazos y le adoremos (Lucas 2,28), para que recibamos en Él
todo el amor de Dios (Lucas 2, 38; Lucas 1, 41-42)
6. El Rosario nos enseña a orar en el Espíritu.
No hay oración sin el Espíritu Santo. María lo hacía todo con el Espíritu Santo. Qué gran pareja formaron los dos.
La sinergia de la energía del Espíritu y la disponibilidad generosa de María dieron como resultado a Cristo mismo.
"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te
cubrirá con su sombra por eso el niño que va a nacer se llamará Hijo de
Dios" (Lucas 1, 35)
Cuando rezamos el Rosario, María quiere que el
Espíritu Santo penetre en nuestras almas de la manera en que lo hizo el
día de la Anunciación en su casita de Nazaret (cf Lc 1,38) y el día de
Pentecostés en el Cenáculo (cf Act 1, 14)
Definitivamente, como lo dijo San Juan Pablo II: "El Rosario es un tesoro que recuperar"
Y esto vale no sólo para quienes no lo rezan, sino para todos los
que, aunque tengamos el hábito, podemos recuperar frescura y profundidad
en el modo de rezarlo. El Rosario es una escuela de oración que debemos
poner en práctica ya.