Del sitio
María Luz Divina:
Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas.
Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.
Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia,
grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y
arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco.
Lleva con mucho cuidado a su Niño.
Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito
pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto está
vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando
María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo
al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la
albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo.
Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.
José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al
jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos.
María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que
cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos
hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.
El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por
la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que
otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.
Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad.
Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido
por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es
ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento
hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los
agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos
bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.
La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre
casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que
dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules
entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y
otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan
otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras
que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En
un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una
patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a
caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.
José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.
María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para
otros burros, baja del suyo. Digo "paradero" porque es una especie de
cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el
suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.
José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura
un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay
en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo
hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.
Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes
Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los
vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos
pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que
necesita.
José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho
escalones - creo que también las otras puertas; es como si el cubo del
Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo -. Ésta tiene un
gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad, pero más
vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos
altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no
entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más
baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).
Viene un sacerdote — no sé si motu propio o es que José
lo ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que
comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo
la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me
parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con
agua.
Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego
María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de
monedas al sacerdote - me había olvidado de decirlo -, entra con José en
el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.
Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas
de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas,
las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas
alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en
diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que
entre el agua cuando llueve torrencialmente.
María se adentra hasta un determinado punto en que se
detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra
especie de altar, tras el cual hay otra construcción.
Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como
creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al
Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie
puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino
un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que
custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas,
yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.
María ofrece el Niño - que se ha despertado y dirige a
su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de
los niños de pocos días -, al sacerdote. Éste lo toma y lo eleva
extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa
especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha
quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se
marcha.
Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un
viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe
ser muy anciano - para mí, sin duda, de más de ochenta años -. Se
acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María,
sonriendo, se lo concede, y Simeón - que yo siempre había creído que
pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos
por el vestido, es un simple fiel -, lo toma y lo besa. Jesús le sonríe
con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que lo observa
curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus
lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las
arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende
sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se
mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para
entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras
personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.
Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de
asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña
multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las
palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y
pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con
irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.
La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez
cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta
palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando
consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como
alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente
compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con
sobrenatural fuerza la hora del dolor.
-Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no
le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu
llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres
de Israel, y tú eres mucho más que Judith y que Yael. Nuestro Dios te
dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que
serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño,
acuérdate de mí en la hora de tu misión.
Y aquí me cesa la visión.