Traducido del sitio Catholic 365:
En medio de la alegría de esta temporada navideña, tal vez se nos pueda perdonar por ser un poco excesivos en nuestras celebraciones. Quizás nos dimos el gusto de comer un poco más de lo habitual, o nos sentimos un poco "alegres" por esa copa de vino extra que tomamos. ¿Y por qué no? Mientras que muchos limitan la celebración de la Navidad a un solo día, los católicos entendemos que la Encarnación es un misterio demasiado profundo para una celebración tan breve. Además de ser un escape muy necesario de la locura de 2024, nuestras celebraciones navideñas reflejan la verdad de que Dios, nuestro Emmanuel, está íntimamente cerca de nosotros incluso ahora. Pero en medio de toda la alegría y el ajetreo, es fácil olvidarse de hacer una pausa y reflexionar verdaderamente sobre este misterio.
Pensemos en cómo la Santísima Virgen María, la Madre Inmaculada de nuestro Redentor, pudo haberse sentido abrumada por los maravillosos acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús. La Anunciación, el milagroso embarazo de su prima Isabel, el difícil viaje a Belén con José y la humilde adoración de los pastores a su hijo recién nacido: ¡todo ello debió de ser mucho que asimilar para esta joven Madre primeriza! Sin embargo, en medio de todo esto, y consciente de lo que estaba por venir, Ella demuestra una compostura extraordinaria que debemos tratar de imitar. De Ella aprendemos que, a pesar de nuestras apretadas agendas y compromisos, solo una cosa es necesaria (Lucas 10, 42): la contemplación de Dios. San Lucas nos dice: "Pero María atesoraba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lucas 2, 19).
Durante esta octava de Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar el nacimiento de Jesús en el contexto aleccionador de su eventual muerte y los sacrificios de los primeros mártires cristianos. Ayer celebramos la fiesta de San Esteban, el primer mártir cristiano. Hoy recordamos a San Juan Evangelista, que estuvo junto a la Virgen María, desconsolada, al pie de la cruz. Mañana recordaremos a los Santos Inocentes, los niños que el rey Herodes asesinó brutalmente en su búsqueda del niño Jesús. Estas fiestas nos recuerdan que la madera del pesebre de Belén conduce finalmente a la madera de la cruz del Calvario. Pero en lugar de dejarnos abrumar por el peso de estas verdades, estamos llamados a seguir el ejemplo de María: meditar estas verdades, guardarlas con delicadeza en nuestro corazón.
Muchos santos han destacado la importancia de la contemplación. Santa Teresa de Ávila, Doctora de la Iglesia, escribió lo siguiente sobre la contemplación: "A menudo he pensado con asombro en la gran bondad de Dios, y mi alma se ha regocijado en la contemplación de su gran magnificencia y misericordia. ¡Que sea bendito por siempre! Porque veo claramente que no ha dejado de recompensarme, incluso en esta vida, por cada uno de mis buenos deseos".
Puede que nunca lleguemos a comprender plenamente los misterios de Dios, especialmente el milagro de la Encarnación, en esta vida. Sin embargo, al reflexionar sobre ellos, podemos acercarnos más a Él, incluso durante esta agitada temporada navideña. Mientras seguimos celebrando la Navidad, pensemos en María. Ella puede enseñarnos cómo contemplar a su hijo recién nacido nos ayuda a "ser cautivados por él en el amor de las cosas invisibles" (del Prefacio de la Natividad).

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