Traducido del sitio Gaudium Press:
Una vez depositado el cuerpo de Jesús en el sepulcro, Nuestra Señora se dirigió a casa en compañía del Discípulo Amado.
Al volver al recogimiento, los terribles sufrimientos del día volvieron a abatirse sobre Ella, haciéndole sentir el peso de una gran soledad.
Para María, la tierra parecía estar vacía, pues faltaba Aquel que llena el universo con su presencia. Pero ella esperaba con confianza la Resurrección, convencida de que esta se produciría pronto, simplemente porque Jesús así se lo había revelado.
¡El profundo dolor no había hecho mella en su fe!
Al llegar la noche de ese sábado, una luz comenzó a brillar en el espíritu de María, aún ofuscado por la prueba. Para hacer más meritorio su martirio, Dios quería que Ella venciera en su alma una última batalla.
Así como la Encarnación del Verbo se había producido en el momento en que Nuestra Señora completó en su mente la imagen del Mesías sufriente y redentor, la Resurrección se llevaría a cabo cuando Ella consumara en su Corazón la figura del Mesías glorificado y exaltado.
Y la misma llama de la fe que había sostenido la semilla de la Iglesia en aquel día, finalmente se cristalizaría en la certeza de la Resurrección.
Ella pensó, rezó y meditó en todas las glorias que su Hijo debía recibir por el cumplimiento de su misión entre los hombres y, al terminar esta oración ante Dios, se operó la unión de la Santísima Alma de Jesús con el Purísimo Cuerpo que descansaba en el Santo Sepulcro.
Eran las tres de la madrugada del domingo.
¡La luz que emanaba del sagrado Cuerpo de Jesús durante la Resurrección era tan intensa que palidecía la propia luz del sol!
En pocos instantes se encontraba de pie en el interior del sepulcro, tras atravesar el bendito sudario que lo envolvía, el cual, además de ser una preciosa reliquia de la Pasión, se convirtió en una prueba de la Resurrección.
No hay palabras en el vocabulario humano para describir la gloria de aquella escena, rodeada de un espectáculo de luces y cantos angelicales.
Una inmensa alegría invadió el espíritu de Nuestra Señora, pues, incluso antes de aparecer ante Ella, Jesús la visitó en su Corazón.
Se podría decir que, si Ella había muerto místicamente con su Divino Hijo al pie de la Cruz, con Él también "resucitó" en la madrugada de Pascua.
Siendo María el Paraíso de Dios —y, por lo tanto, del Verbo Encarnado—, Él deseaba iniciar en su interior un nuevo régimen de gracias para el mundo, que tendría como punto de partida la rotunda victoria del bien, el mayor golpe recibido por el demonio en toda la Historia: ¡la Resurrección!
Poco después, una fuerte luz iluminó la oscuridad de la habitación de Nuestra Señora, y una presencia divina ahuyentó por fin, junto con las tinieblas de la noche, la prueba del alma de María: ¡era su adorable Jesús que venía a encontrarla antes que nadie!
A excepción de algunos ángeles que permanecieron de guardia en el Santo Sepulcro, le acompañaban todos los coros de los espíritus celestiales, que cantaban a su alrededor canciones inefables, nunca antes escuchadas por la Santísima Virgen.
De las llagas de Jesús salían haces de luz clarísima y su Cuerpo resplandecía como el sol, irradiando intensamente su divinidad. La emoción, el júbilo y el éxtasis abrasaron el Corazón de María. Si este había soportado los peores sufrimientos que una madre pudiera concebir, en ese momento la consolación superó el dolor de todas las espadas que habían traspasado su alma.
No imaginemos, sin embargo, una convivencia meramente formal entre los dos... Aquella hora única en la Historia estuvo llena de benevolencia y ternura, pues Nuestro Señor deseaba con impaciencia consolar a su Madre por todo lo que Ella había sufrido.
Pronto la cubrió de caricias, abrazándola y besándola con mucho afecto. María, por su parte, tomó las manos de Jesús y quiso besar las santas llagas, para venerar allí la Redención de los hombres.
Recuperada de esa impresión inicial, pudo escuchar las primeras palabras de su Hijo:
— ¡Madre mía, alégrate!
— ¡Hijo mío! ¡Hijo mío divino! —respondió Ella mientras lo abrazaba.
Nuestra Señora también ansiaba manifestar a Jesús las torrentes de su cariño. Como no le había sido posible, por expresa voluntad divina, consolarlo tanto como hubiera deseado durante la Pasión, su alma seguía traspasada por la compasión por los sufrimientos de Él.
El ambiente se vio envuelto por una bendición sin igual, ¡que superaba incluso a la de la noche de Navidad!
Ese abrazo físico consistió en un largo intercambio de afecto, que resultó para María en un éxtasis en el seno de la Santísima Trinidad. Superando con creces un éxtasis común, este fenómeno elevó a un grado inimaginable su unión con Dios.
A continuación, ambos mantuvieron una larga conversación, en la que Nuestro Señor explicó a su Madre muchos aspectos que aún no le había revelado sobre el significado de los diferentes pasos de la Pasión y su relación con el futuro de la Santa Iglesia. Esta bendita convivencia duró unas tres horas, concluyendo con el amanecer.
Nacía el primer dies Domini de la Historia, en el que Jesús daría inicio a la secuencia de apariciones recogidas por los evangelistas. María había sido elegida, antes que nadie, como gloriosa testigo de la Resurrección.

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