Del sitio Magnificat:
Hace algunos años, en un pueblo de Tonkin, fueron arrestados veinticinco neófitos. Antes de que los llevaran al lugar del suplicio, el jefe de los cristianos pidió y obtuvo para todos el favor de hacer una última visita a la capilla donde se reunían para rezar el rosario.
Allí se postraron para rezar, pero al cabo de unos instantes los verdugos les obligaron a marcharse. "Dejadme llevarme a Cristo que está sobre el altar" -exclamó el jefe de los cristianos-. "Lo llevaré hasta el lugar del suplicio, su visión nos ayudará a morir como verdaderos discípulos de nuestro adorable Maestro". Los perseguidores se lo permitieron.
Así que abrió la marcha llevando en alto la imagen del divino Crucificado, para que sus compañeros pudieran verla perfectamente y sacar de esa visión el noble valor que los animaría hasta el momento del sacrificio. Los cristianos le seguían con los ojos fijos en su modelo. Rezaban el rosario con una unción inexpresable.
Recorrieron así su penoso camino, meditando los misterios dolorosos del Rosario y contemplando la gloria de Jesús y María, cuya belleza pronto iban a contemplar. No dejaron de rezar y meditar hasta que dejaron de vivir; y los ángeles que vinieron a recoger sus almas transfiguradas por el esplendor del martirio, se llevaron al cielo las rosas encendidas que el rosario había hecho florecer en sus labios.
Aquí vemos el rosario y el crucifijo unidos, para dar a nuestros mártires la fe, la esperanza y el valor de sacrificar sus vidas por la gloria de Jesucristo. En efecto, tanto el rosario como el crucifijo son libros misteriosos que nos enseñan a CREER, a ESPERAR y a PRACTICAR.

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